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lunes, 24 de octubre de 2016

SOLO RECUERDO (De gatos, noches y días).




Confieso que no me acuerdo de nada.
No recuerdo el sabor de tus palabras
las noches de verano cazando horas,
tampoco el olor de abril en las sábanas
que humedecían nuestras bocas
ni el luto por sentirnos rechazados
que acabamos rompiendo en el Retiro; 
no recuerdo nuestra primera vez,
ni tampoco esa primera vez
que posé un te quiero en tus oídos. 
No recuerdo el por qué que estemos juntos,
ahora, que hace tanto tiempo que estamos
separados.  De ti recuerdo el beso
que te escribí cuando nos conocimos.
Solo eso. Era un miércoles tan frío
que los dos decidimos refugiarnos
en el cine. Yo venía borracho,
acababa de dejar a mis amigos
con todas las cervezas a un euro
que estuvieron desde las dos conmigo.
No quería estar solo y te vi sola,
una fila delante de la mía.
Te expliqué el significado del título,
y preguntaste que por qué sabía
eso, si era creyente o leía mucho.
Vimos “Los girasoles ciegos”, luego
te invité a un vino. Después tú a otro.
Sin querer terminamos la botella
y bebimos la plata de la luna,
poco a poco, intentando absorber
el calor que exhumaba en el parque.
Te conté por qué había un templo egipcio
allí, te dije que lo había leído,
y tú me dejaste leerte los labios.
Ese beso, aún, hace que me acuerde
de ti y que acuda al cine a diario;
no vaya a ser que encuentre a otra mujer
una fila delante de mí, sola,
con ganas de aprender sobre Madrid
y con tendencia a dejarse leer
un poema inolvidable en la boca.




viernes, 16 de septiembre de 2016

MADRID, MUJER. ("De gatos, noches y días". Séxtasis Ediciones. 2016)





“Me recuerdas a Madrid” te dije,
mientras pintaba tus labios firmes
con el color de mis zapatos. Siempre
me salpicas con tus besos, siempre,
como si fueras una fuente triste
llorando triunfos que a veces no ganas.
Me escondía en la boca de tu puerta
como un turista más, sacando fotos,
corría por el suelo de tu lengua
y, bajo el cielo azul, te atravesaba.
Me gustaba perderme por tu cuerpo,
recorrer la Gran Vía de tu espalda,
detenerme en las plazas de tu pecho,
lamer los adoquines de Mayor,
iluminarte de saliva en Sol
y bajarte el Arenal de tu falda.
Llegados a este punto te confieso:
el jardín de terciopelo que cubre
tu pubis me encanta, y la catedral
de tu trasero nunca guarda intactas
las ganas de atardecerte jugando
a ser turistas nuevos. Me sorprende
la tibieza del palacio que guardas
con recelo en tu entrepierna, el museo
de las grandes esperanzas que espero
gobernar, cualquier día, si me dejas.