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martes, 15 de noviembre de 2016

SEXAGERACIONES - CAPÍTULO 8 - HAZME MENTIR



No había vuelta atrás. Cuando Iván introducía su mano en la cueva de las maravillas solo podía ocurrir una cosa. Él, hombre paciente y dadivoso, amaba lo tierno. Lo húmedo. Lo esponjoso. Odiaba el clima de secano y las grietas y las grutas resquebrajadas. Le encantaba chapotear en el interior de las mujeres. Entre sus musgos, líquenes y riachuelos. Era piscis. Y su signo del zodiaco le guiaba cuando osaba nadar en charcas femeninas.

Llevaba casi una semana sin adentrarse en Juanita, y eso se notaba. Él estaba nervioso, descentrado. Ella irritable y estresada. El sexo no se vende en farmacias, pero es la medicina más efectiva contra el mal del amor. Él aún no sabía si usaba de eso. Se lo habían vendido desde pequeño, como el bien más preciado del mundo. Tras dos novias reconocidas y casi un centenar de amantes, Iván se sentía estafado. Al menos, con Juanita disfrutaba del sexo. No le dejaba degustar el averno femenino con su boca, pero tampoco le importaba demasiado. Él, que era una profesional del sexo oral, había aparcado la lengua para empezar a usar la recortada. Le encantaba apuntarle en el pecho. O en la boca. A veces, cuando llegaba al límite, no tenía más remedio que disparar a bocajarro en el ombligo de la víctima. Lo hacían sin condón. Siempre le habían gustado los deportes de riesgo. Hasta que comenzó a sonar la música de las E.T.S. y tuvieron que afiliarse al preservativo. 

Llamaron a la puerta. Era Juanita. Iván le plantó un beso cuando abrió. Luego la abriría a ella. Bucearía entre sus aguas hasta llegar al jadeo que lo resume todo. O a ese aullido largo y prolongado. A veces, incluso, podría llegar a ser una pérdida de conocimiento. Una vez, Iván, consiguió que una mujer llorara tras el orgasmo. Nunca supo si de felicidad o de tristeza. Él cree que por lo primero. Hay que ser optimista en la vida. Se calzó y salieron a la calle. Iban al cine, una de las pasiones que ambos compartían. No les interesó lo suficiente ninguna de las películas que estaban en cartelera. O quizá les interesó más el sexo que llevaban una semana sin practicar. Diez minutos después estaban en la cama de Iván, completamente desnudos. Es lo que tiene el sexo nonato, al no realizarlo se expande por tu cuerpo. Te contamina de vicio y de lujuria. Cuando estás acostumbrado a follar todos los días, una semana a pan y agua te convierte en un adicto sin su dosis. Iván era un yonki de la guarrería y Juanita era lo más parecido que tenía a la metadona. Estaban los dos a punto. Calientes. En ebullición. Iván abrió el cajón de la mesilla y agarró la caja de preservativos. Estaba vacía. La tiró al suelo y cogió la otra, la del fondo. Era lo bueno de ser precavido. Siempre tenía dos. También estaba vacía. Era lo malo de ser tan despistado. Nunca tiraba los envoltorios ni las cajas de nada. Su nevera estaba llena de paquetes de donetes sin dulces, de latas sin coca cola, o de cartones de leche sin líquido. Así era Iván, y así había que quererle. Aunque en ese momento Juanita no lo hacía. Estaba histérica. Y sin condones en la costa. “¿Y tú, por qué no tienes tú?” balbuceó Iván. Tenía razón. Dos no follan si uno condón tiene. “Pues porque venía a tu casa, y sé que siempre tienes dos cajas” contraatacó. Iván se calló. Tenía una idea. Se levantó de un salto de la cama y se dirigió a la estantería. “Mira” gritó, triunfal, mostrando un preservativo con un dibujito. “¿Y eso?”. “Me lo trajo un amigo, de recuerdo de Italia”. El envoltorio del condón era blanco. Había un pinocho dibujado y una frase en inglés. “Make me lie”. Juanita no sabía inglés. Iván le explicó el chiste. Le puso el profiláctico y comenzó el primer acto. La nariz de Iván funcionaba a la perfección. La música del placer inundó el cuarto con suspiros y jadeos. El orgasmo se aproximaba. Iván sabía que iba a aguantar hasta que ella se corriera. Quería ver la cara de Juanita cuando llegara al clímax. Sentir el paraíso del placer en el infierno femenino. Ella pensaba lo mismo. Quería contemplar a Iván en su cenit. En el momento del disparo. Su misión de ese día era colmar de gozo a su pareja. Ambos dejaron sus sentimientos de lado. Solo importaba el placer del otro. Y eso en el amor se paga caro.   


Juanita pensó en fingir. Iván estaba acostumbrado a regalarle un par de orgasmos antes de correrse. Comenzó a aullar. Él sonrió satisfecho. Ahora podría usar su recortada. Pero se engatilló. Estaba tan absorto pensando en Juanita que había abandonado el placer a su suerte y se había revelado. No tuvo más remedio que fingir. Gritó, gimió, lloró. Era la primera vez que representaba un orgasmo. Ambos cayeron desplomados en la cama. Dicen que una buena actuación cansa mucho. Habían mentido como dos estrellas de teatro. Había terminado la función y no se oyó ningún aplauso. Ella mantenía congelada una sonrisa agridulce en el rostro. Él se quitó rápidamente el condón vacío y lo tiró a la papelera. Vio en el suelo el envoltorio. Parecía que el pinocho se reía de él. Quizá de ellos. Los dos habían mentido. “Make us lie”. Es lo bonito del amor. Que todo se comparte.   



miércoles, 12 de octubre de 2016

El adiós del verano




Era perfecta. De altura, de cara, de cuerpo… de todo. Resplandecía como un manantial en medio del oasis, con su piel cetrina, que era un desierto oscuro de ángulos convexos y pecaminosos. Estaba radiante, por la sonrisa que colgaba de sus labios protuberantes y henchidos, labios prohibidos de femme fatale que había dejado el rubio mítico por un moreno incandescente. No pude apartar la vista de sus piernas. Esbeltas, coloreadas de sol y de gracia, abriéndose paso entre los demás pasajeros y parándose ante mí, con descaro, con ese vestido blanco, virginal, acabado con la sugerencia de una minifalda. Miraba con una dulzura extraña que no llegaba a materializarse, ¿cómo si no iba a mirar con ese rostro de niña tímida que esconde, a su vez, a una mujer traviesa? La fortuna estaba de mi lado. Con el vagón del metro lleno, había elegido posicionarse frente a mí, de pie. Yo levanté la mirada y ella me clavó sus ojos pardos. Sí, los ojos no necesitan ser verdes, negros o azules para aguijonearte el alma. Lo importante es la mirada. Y yo la bajé.
Estaba sentado, rodeado de un tumulto de brazos, maletas y piernas. Pero para mí solo existía ella. No podía ver más que sus muslos bronceados y la frontera que separaba la minúscula falda de su piel tentadora. Así era el verano. Un paraíso terrenal de ropa escasa y abundancia de cuerpo. Casi sin querer, como si fuera por fortuna (para mí), su rodilla derecha rozó la mano que descansaba sobre mi pierna diestra. La observé; la sentí; inquieto. Ella seguía mirándome, como si fuera un juego, el de a ver quién aguanta más, como si estuviésemos solos en ese vagón repleto de gente. Me taladraba con sus ojos hambrientos, que no eran ni verdes, ni azules, ni negros, pero sí tan intensos que no podía soportarlos. Mi mano, antes tranquila, comenzó a alterarse. Cerré los ojos.
Casi sin querer, yo también, como si fuera por fortuna (aunque fue por deseo) levanté mis dedos, lentamente, para no sobresaltarla. Rocé su muslo; contuve la respiración. Fue un momento eléctrico, el contacto con su piel, la descarga posterior. Estaba caliente; suave. Me mantuve así un rato, esperando que se alejara, molesta. Pasaría a formar parte de ese montón de babosos que soban a las mujeres en el metro. Sería uno más. Pero ocurrió lo contrario. Aprovechando un movimiento del vagón se acercó más a mí. Yo moví mi mano un poco hacia arriba, alejándome de su rodilla, escalando su muslo. Esperé una voz o un gesto de reproche. Pero todo seguía igual. Su piel quizás más caliente. Aquella pierna era un imán. Necesitaba más. Abrí mi mano por completo y estiré los dedos por toda la superficie a la que aspiraba. Me acababa de lanzar al vacío. No tenía ni idea de por qué; pero lo había hecho. Comencé a sudar. Noté cómo ella, también, parecía nerviosa. Aquel impulso atrevido iba a costarme una de las mayores vergüenzas de mi vida. Pero no pasó nada. Seguía sudando, con mi mano extendida sobre su muslo moreno. Deslicé la mano un poco más hacia arriba. Mi entrepierna se hinchó de forma vertiginosa. Estaba excitadísimo. Me la hubiese sacado allí mismo; el roce con su pierna hubiese bastado para llegar al clímax. No sabía qué hacer. Si seguir avanzando hasta llegar al borde de su falda, o esperar ahí, aguantarme el calentón, y bajarme cuando llegara mi parada. Permanecí unos segundos sin hacer nada, preso de la confusión. Fue entonces cuando ella tomó las riendas de la situación y se acercó, acorralándome. Me golpeó la pierna, sutilmente, con su rodilla, buscándome. Me llamó en silencio sin saber mi nombre, rogándome que continuara la ascensión. Mi aliento se coló por debajo de su falda y mis dedos quisieron ir tras él. Me la jugué. Toqué con la punta del dedo índice su vestido diminuto. La curiosidad pudo conmigo y, a pesar de ser gato, no me mató. La curiosidad por lo desconocido; por saber qué había detrás de aquella tela; por oler, palpar, sentir su abismo; por vislumbrar el color de su ropa interior y rasgar aquella prenda prohibida. Colé, uno a uno, todos mis dedos por debajo y continué acariciando su muslo. Degusté su excitación escuchando el murmullo goteante del averno femenino. Levanté el dedo anular todo lo que pude. Lo rocé. La tela estaba mojada. Ella tembló, levemente. Volví a rozarlo. Escuché un gemido, muy suave. Luego otro. Subí toda mi mano hacia el abismo del deseo hasta toparme con la fortaleza de algodón. La recorrí, descubriendo cada pliegue y hendidura; cada doblez y protuberancia. Necesitaba encontrar un hueco. Un lugar por donde colarme hacia el salón del trono. Logré introducir mi dedo anular por uno de los pliegues de la tela. Su piel mojada vino a abrirme la puerta; de inmediato. Me estaba esperando. Sumergí el dedo con lentitud. El calor y la humedad me envolvieron por completo. Comencé a trazar círculos concéntricos en su interior. Las paredes se dilataban. Los fluidos iban impregnándome de deseo conseguido. Metí otro dedo. Empezó a jadear. Cada vez más fuerte. Sus suspiros enloquecían mis extremidades. Yo estaba a punto de explotar. Ella también. Aullaba de placer; como una loba en celo declarando su amor a la luna llena.
Abrí los ojos. Los abrí en el momento oportuno, justo para ver cómo se cerraban las puertas; cómo el resquicio de su minifalda blanca las esquivaba, con gracia, al salir. Intenté observar su cara; regalarle una sonrisa; verla una vez más. El pelotón de gente me lo impidió. El metro se alejó de allí con la misma indiferencia de siempre. Con la misma desidia que me machacaba todos los años cuando llegaba septiembre. Observé la mano que hacía unos segundos vibraba de emoción. Aquella mano que se había dorado en el fuego interno de una mujer a la que había amado aun sin conocerla. Yacía muerta sobre mi pierna. Era una mano inmóvil, aburrida, seca. Una mano exhalando sus últimos minutos de vida. Llegué a mi destino. El primer día de trabajo tras las vacaciones nos estaba esperando. A mí; a mi mano; a todo mi cuerpo. La mujer del vestido blanco había sido el delicioso y sensual adiós que me había regalado el verano. La rutina regresaba a mi vida. Volvía la comida en lata, las broncas de mi jefe, las pajas en el baño y el estrés postvacacional.

http://diario16.com/el-adios-del-verano/
Texto: Alberto Guerra
Ilustración: Jana Hooli Gan




domingo, 10 de abril de 2016

El origen del CLÍTORIS







Clítoris. El botón del orgasmo femenino. El capuchón celestial que regala a cualquier mujer un viaje de ida y vuelta al paraíso. Una de las palabras más buscadas en Google. Todo el mundo sabe lo que es (y su importancia). Pero… ¿quién, cómo y cuándo se descubrió? 

Mateo Realdo Colombo (1516 – 1559), profesor de medicina de la universidad de Padua, estaba enamorado de Mona Sofía, una prostituta veneciana. El anatomista, sin saber cómo conquistar al amor de su vida, comenzó a experimentar con cadáveres y prostitutas intentando hallar una solución, una llave que pudiera abrir el complejo y misterioso mundo femenino. Gracias al estudio exhaustivo realizado a su mecenas, Inés de Torremolinos, gravemente enferma, logró descubrir por casualidad el caparazón donde toda mujer guarda la voluntad erótica y sus deseos más íntimos: el clítoris. Mateo lo denominó “Amor Veneris” (placer de Venus). Describió su hallazgo en el libro “De re anatomica”, obra que fue condenada por el decano de la universidad de Padua, Alessandro De Legnano, y, más tarde, por la Inquisición. Fue llevado a juicio acusado de herejía, blasfemia, satanismo y brujería. Pudo evitar su muerte pero no la censura. El silencio envolvió el nombre de Colombo y su descubrimiento hasta 1559, año de su muerte. Sin embargo, ante la imposibilidad de defenderse bajo la tumba, un reconocido anatomista de Módena, Gabriel Falopio, quiso adueñarse del hallazgo. Falopio, que fue profesor de medicina en Ferrara, Pisa y Padua, no necesitó finalmente atribuirse tal descubrimiento para dejar su huella en la historia de la sexualidad. Fue el primero en describir las trompas de Falopio, que llevan su nombre, y diseñó el padre del condón: una especia de preservativo rústico, fabricado con tripa de animal y lino, fijado al pene con una cinta, que servía para prevenir enfermedades sexuales muy extendidas en aquella época, como la sífilis y la gonorrea.     

Gabriel Falopio. Mateo Colombo. Dos médicos italianos del renacimiento. Dos nombres ilustres en el campo de la sexualidad y la anatomía. Uno con su apellido estampado en todos los libros de biología. Otro condenado al ostracismo más absoluto. Dos caras de una misma moneda que acabo de lanzar al aire. 




viernes, 4 de marzo de 2016

El motor del mundo




El sexo es el motor del mundo. Suele decirse que es el dinero, pero, ¿para qué lo usamos sino para tener al alcance de la mano el paraíso de lo erótico? Hemos nacido para cazar y ser cazados. La gente estudia para conseguir un buen trabajo que le permita un buen coche, y una buena casa, y buena ropa, y buenos complementos tecnológicos, y unas buenas vacaciones donde poder conquistar al morenazo de ojos verdes que nos acaba de servir un gin tonic o a la rubia de la toalla roja que está tomando el sol. Somos animales sexuales y nos mueve el calor de la carne y la humedad de los labios. El sexo es la necesidad menos básica pero la más anhelada por los afortunados que no padecemos la falta de agua o de comida. Somos el primer mundo. Y aquí el sexo está a la orden del día. Nosotros, los apoderados, aunque nos cueste llegar a fin de mes, aunque estemos asqueados con el trabajo, odiemos a nuestro jefe y se nos acumulen las facturas, solo tenemos hambre de cuerpo y sed de saliva. Somos así de simples. O así de sibaritas. No importa. Lo cierto es que nadie diría que no a un buen orgasmo. Un vegetariano rechazaría el mejor jamón ibérico y un abstemio el vino más exquisito. ¿Pero quién osa renunciar al éxtasis del clímax? ¿Quién, en su sano juicio, es capaz de negar el mayor placer al que podemos aspirar? Hemos nacido para disfrutar y ser disfrutados. ¿Por qué, si no, existe el clítoris? El único órgano en el cuerpo humano destinado al placer. Bendita utilidad. Solo sirve para eso. Si tenemos pies para caminar, estómago para comer, pulmones para respirar… ¿por qué las mujeres tienen un órgano cuya única función es el goce sexual? Hemos nacido para amar y ser amados. En todas sus formas. Eso no hay ningún Dios que lo ponga en duda. Y ahora yo lanzo una pregunta al aire. Dirigida a los esbirros de la religión, a los siervos de todos los dioses que han convivido con el hombre desde su existencia, que han degradado el placer carnal tachándolo de obsceno y pecaminoso.  ¿Por qué podemos comer hasta reventar, beber hasta vomitar y no podemos follar cuando nos dé la gana? 

jueves, 26 de noviembre de 2015

Crisis de la sexualidad


                                                              


Vivimos en tiempos difíciles; difíciles política, social y económicamente hablando. Humanamente también vivimos momentos difíciles. Parece que todo, en tiempos de crisis, es difícil. También follar es difícil; el sexo ya no es solo una opción de disfrute, de búsqueda de  placer sin compromiso (o con él); lentamente se ha convertido en una vía de escape, una nueva forma de evadirse para gran parte de la población. 

Por otro lado, si nos parásemos a pensar con detenimiento sobre todo lo que nos rodea, veríamos cómo cada vez hay un mayor uso de la sensualidad como expresión artística. Pensad en la pintura, en el cine o en la literatura; es casi imposible encontrar un ápice de censura; todo vale, y cualquier aceptación sexual está tan popularizada en esta época que ya no nos escandaliza nada. El sexo “ha salido del armario”, ha llegado en cualquiera de sus formas a la masa, pero a pesar de ver cuerpos desnudos a todas horas todavía nos queda mucho por aprender. No siempre el halo misterioso que ha logrado conservar el sexo es sinónimo de placer; normalmente el pudor hace gala de presencia en los peores momentos, y una simple mala pasada una noche, que estás más cansado, o nervioso por algo, puede desencadenar en una pesadilla  de la que será difícil escapar si la persona no quiere hablar de esto con nadie. Debemos estar muy bien preparados en lo que a prácticas y adaptación sexual se refiere.  Por ello es esencial tener un mejor conocimiento de  todos los enigmas de la sensualidad y perfeccionar las técnicas utilizadas descubriendo  nuevas  formas de práctica.
Además, los tiempos han cambiado en otro aspecto y ha sido la mujer la que ha adoptado un papel más importante en esta evolución sexual. De hecho, cada vez están tomando una mayor presencia, tienen relaciones sexuales más frecuentemente y de esta forma, poco a poco, van haciendo desaparecer esos tabús que antes las limitaban.


Por todo lo que hemos contado, el sexo se convierte en un tema más que importante. El hecho de practicarlo ya no es solo bueno a nivel físico sino que también es sano para nuestro estado psicológico, siempre que se practique de una manera adecuada. Me refiero a que muchas veces no cuidamos ni con quién ni cómo realizamos nuestros actos. Esto nos puede llevar fácilmente a que nos topemos con algún pequeño obstáculo que si no sabemos darle una explicación en el momento (o lo tomamos como un problema real) correremos el peligro de que eso que no existe, se acabe convirtiendo en un hábito. Aparecerá entonces lo que se conoce como “bloqueo sexual” y es ahí justo cuando es más difícil de erradicar. Como por ejemplo, una eyaculación precoz. De esta forma,  la confianza que podamos tener en nosotros mismos quedará dañada. De hecho, una parte importante de nuestro autoestima se verá afectado por la cantidad y calidad de esas relaciones sexuales y, por supuesto, como en todo camino que creamos para alcanzar nuestros objetivos, tarde o temprano, acabarán apareciendo dificultades. Esas dificultades  a las que llamamos miedos, fobias, tabús, emociones negativas, falta de práctica, malos hábitos, límites… todo aquello que pueda frenarnos o bloquearnos. En definitiva, lo que nos impide disfrutar de nuestras relaciones sexuales y practicarlas tal y como deseamos.  

viernes, 9 de octubre de 2015

EL DESCUBRIDOR DEL CLÍTORIS





Mateo Colón, anatomista del Renacimiento, se enamora de una prostituta veneciana llamada Mona Sofía. Su amor por ella lo lleva a inventar una pócima que le permita conseguir los encantos de su doncella. Para ello, el científico italiano, debe hacer un amplio trabajo “en la misteriosa naturaleza de las mujeres”. En esta investigación, el doctor Mateo experimenta con prostitutas y con la disección de cadáveres. Esos sacrificios en pos de la ciencia tienen su justa recompensa ya entrado el siglo XVI, fecha en que Mateo Colón descubre el clítoris, bautizándolo como “Amor Veneris”, posteriormente conocido por el vulgo como “kleitoris”.  Sin embargo, la obra en la que reporta tal hallazgo, De re anatómica, fue condenada por la Inquisición y estuvo a punto de ser pasto fresco para la hoguera. Pudo evitar la muerte pero no la censura de su obra, que se dio a conocer hasta 1559, año en que murió.

Su descubrimiento fue fundamental para avanzar en la emancipación de la mujer. En su momento (siglo XVI) planteó una peliaguda cuestión a los teólogos: ¿El Amor Veneris es prueba irrefutable de la inexistencia del alma en las mujeres? “El órgano que me fue dado descubrir –escribió Don Mateo- presenta la apariencia de una verga y, además, como ésta, se yergue o se baja”. Mateo Colón “descubrió aquello con lo que, alguna vez, todo hombre soñó: la mágica llave que abre el corazón de las mujeres, el secreto que gobierna la misteriosa voluntad del amor femenino”. (Andhazi, 1997)

lunes, 5 de octubre de 2015

SEXAGERACIONES - CAPÍTULO 5: ORTOLIMPIADA





¡Por fin tenía un día libre! Desde que compaginaba su trabajo como guía turístico con el de recepcionista en el hostel, Paco gozaba de poco tiempo de ocio y disfrute personal. Cierto era que en sus dos profesiones vivía rodeado de alcohol gratuito y mujeres atractivas. Era recepcionista en el turno de noche de un hostel rebosante de guiris mochileras que venían a Madrid buscando un lugar céntrico, barato y fiestero. No tenía más que colocar en el mostrador el cartel de “Estoy abajo en el bar” para dejarse fluir entre copas y risas únicamente interrumpidas por algún check in en las primeras horas o algún check out en las últimas. Su trabajo como guía era incluso mejor. Su labor consistía en llevar a un grupo de extranjeros (la mayoría mujeres) a bares de tapas (donde comía y bebía gratis, por supuesto), ir a un tablao flamenco (donde seguía bebiendo) y terminar de fiesta con ellos, en pleno barrio de Huertas, como guía de un pub crawl donde continuaba disfrutando, sin coste alguno, del alcohol (y también de las respectivas mujeres que llegaban a su boca como consecuencia). Paco era la envidia de sus amigos (y de sus enemigos), no había semana que no terminara en el cuarto de las maletas o en el baño de alguna discoteca echando un “aquí te pillo aquí te mato” con alguna de las muchas extranjeras que pululaban a su alrededor. ¿Qué mujer podía resistirse a dejar escapar un affaire ocasional con el recepcionista del hotel o con el guía?


Durante sus años universitarios solo se había acostado con mujeres españolas. Podría decirse que era un chovinista sexual. Si hay buena calidad en casa, ¿para qué buscar fuera? Sin embargo, su irrupción en el mundo profesional del turismo le había abierto las puertas del paraíso terrenal que habitaba detrás de nuestras fronteras


Alemanas, turcas, colombianas, egipcias, italianas, japonesas…  Un sinfín de posibilidades creció bajo su lengua castiza y sobre su cuerpo sediento de curiosidades. Era increíble observar las diferencias existentes entre aquellas deidades femeninas solo por su lugar de procedencia. La elegancia gala, la sensualidad árabe, la pasión latina. Pero si algo había descubierto en esta vuelta al mundo en ochenta coños, era la agradable sensación del beso anal, seña de identidad del lejano oriente. Daba igual que fueran japonesas, chinas, coreanas… Una vez que se ponían manos a la obra no solo hacían repaso bucal de la polla, sino que bajaban hacia el abismo oscuro que escondían sus dos nalgas predispuestas. La primera vez, eso sí, pegó un respingo cuando vio la lengua de Xue traspasar los límites de lo socialmente aceptable en occidente. Era la primera vez que una mujer llegaba hasta aquellas profundidades, hasta el averno escondido del hombre. Experimentó un agradable cosquilleo parecido, pero aún mejor, al ocasionado cuando le lamían la zona del perineo, pero también sintió una especia de vergüenza producida por sus prejuicios sobre aquella parte del cuerpo tan poco popular debido a su cometido habitual de descarga. ¿Tendría todo limpio por allí adentro? Sería lamentable que aquella pobre china sacara su lengua teñida de impurezas. Gracias a Dios salió todo bien y, a partir de ese momento, Paco se preocupó más que nunca por su higiene íntima y comenzó a depilarse aquella zona tan poco cuidada estéticamente.
No era para menos; Paco había descubierto su adicción al beso negro. Los polvos corrientes empezaron a parecerle insuficientes, a no tener gracia. Todos los días, al iniciar su turno de trabajo, Paco observaba minuciosamente el listado de camas para ver cuántas clientas orientales se alojaban esa noche y en qué habitación estaban. Cuando salía de fiesta ocurría algo parecido: ya solo prestaba atención a las pocas japonesas y coreanas que hacían el pub crawl. Su jefa de los tours llegó a llamarle la atención al respecto. “Antes se notaba que dejabas un poco de lado a los hombres, que lo que más te importaba era ligar; pero bueno, no era tan evidente como ahora. Siempre tenías buenos comentarios y caías muy bien a la gente. Pero ahora pasas de todo el mundo; solo hablas cuando vienen asiáticas”. Ella no podía entenderlo; ni su jefa, ni sus amigos, ni sus compañeros de trabajo.


A ninguno de ellos le habían chupado el ojete de esa manera. Era como si las orientales fueran a una universidad de prácticas orales para especializarse en ese arte tan sumamente placentero. Comenzó a dejar de follar. Follar era una pérdida de tiempo comparado con el beso negro. Como no había asiáticas suficientes empezó a frecuentar locales de prostitución donde ofertaran estos servicios.


El problema era el dinero. Aunque tuviera dos trabajos no podía costearse una vida así. Tuvo que pedir dinero prestado a sus padres. Debía pensar algo; una solución económica para remediar su voraz apetito buco-anal.
Le vino a la mente irse a Japón, o a Corea, a vivir, a probar fortuna; buscó trabajo, posibilidades de alojamiento, vuelos baratos…. Pero los costes eran demasiado altos y las ofertas de empleo poco esperanzadoras. Además no hablaba ni una palabra de aquellas lenguas infernales. Él lo único que quería era que las lenguas inundaran su orto cuidado y consentido. Era descabellado ir al lugar de origen de aquellas maestras del lenguaje anal; ¿qué hacer entonces? Decidió, entonces, probar con lo opuesto.

Si Mahoma no va a la montaña, que el desierto aprenda a ser montaña gracias a Mahoma. ¿Por qué no podían las españolas depurar la técnica del beso anal como lo hacían las asiáticas? 


Solo hacía falta paciencia, ir despacito, un poco de alcohol y ser agradecido. Le pareció que la mejor forma de empezar a orientalizar españolas era con aquellas que fueran más fáciles de llevar a la cama o más liberales en las artes amatorias.
Sabía que la compañera de piso de su amigo Armando le tenía ganas desde hace tiempo. Paco se había liado con ella un par de veces, en el hostel, cuando no había nada mejor al alcance de la polla, y había conseguido un par de mamadas furtivas en el baño. No quería más. Marta no le excitaba en exceso; pero era dócil, pusilánime, una buena forma de comenzar su nueva aventura sexual. La invitó a cenar a casa, directamente. Ella acudió, encantada, elegante, dispuesta a agradecer a Paco aquel detalle que tanto le había sorprendido. La velada transcurrió según lo previsto. Tras el postre vinieron las copas de rigor y de ahí pasaron a la cama. Paco estaba nervioso; no paraba de pensar en el momento de plantar su culo en la boca de Marta. Se demoró en los preliminares más tiempo de lo habitual. Normalmente iba al grano y muy pocas veces bajaba al pilón. Esta vez sí, quería hacer una buena labor para que después, su amante, le correspondiera como era debido.


Comenzó a pasar su lengua por los labios mayores, lentamente. Luego siguió con los menores, mientras humedecía el clítoris creciente a un ritmo pausado pero constante. El botón mágico de Marta palpitaba, quería más. Empezó a succionarlo, mientras introducía su dedo índice en aquella cavidad húmeda y caliente.


Estaba excitadísima; ella no paraba de gemir, él, continuaba con su labor, metódico y concentrado, pensando en el premio que vendría después. Poco a poco, Paco comenzó a girar su cuerpo; pasó por encima de la pierna izquierda de Marta mientras seguía lamiendo y succionando. Milímetro a milímetro, reptando sobre las sábanas, pasó de estar entre las piernas de Marta, a ubicarse en paralelo a su compañera pero del revés. La boca de él, a duras penas, seguía dando alegrías a aquel coño mojado y exultante, mientras que la boca de ella, se encontró de pronto con la polla erecta de Paco. El joven estratega había mudado de la típica posición del cunnilingus, a la archiconocida del sesenta y nueve. Marta se engulló encantada aquella tranca esplendorosa y esbelta. Siguieron dándose placer recíprocamente durante algunos minutos. Paco sintió que el coño de su compañera estaba a punto de explotar. El orgasmo se mascaba en el ambiente; era el momento oportuno. De pronto, se dejó caer hacia delante, como si las manos, sudorosas,  hubieran cedido sobre las sábanas mojadas. Su cabeza siguió chupando entre las piernas de Marta, eso sin duda; debía tenerla al borde del clímax si quería mantener intactas las posibilidades buco-anales. Ella esperó, unos segundos, mientras su vagina disfrutaba de la lengua veloz y despiadada de Paco. Ahora mismo no le importaba nada; le daba igual dónde estuviera la polla de su amante; solo quería correrse. De improviso, Paco, descendió su trasero hasta colocarlo estratégicamente sobre la boca de Marta. Ella se sorprendió, un poco, pero siguió concentrada en su propia placer. Estaba a punto de llegar al clímax; ¿qué más le daba tener sobre su cara un perfumado y depilado trasero que le impedía ver el techo? Paco ralentizó la velocidad de su lengua; bajo el ritmo.


No podía dejar que ella se corriera sin haberle chupado el culo. Deslizó su cadera hacia la boca de ella, aprisionándola contra su ano impaciente. La asfixia provocada por aquella sádica posición excitó aún más a Marta. Su aliento se colaba, entrecortado, por el orto de Paco. Un aullido ahogado escapó de sus labios mientras daba su primer lametazo.


Ella gimió de placer, mientras deslizaba su lengua por aquel cuidado ano. Él gimió de alegría; mientras contraía el recto rítmicamente. Cuando Paco sintió el semen agolpado en su glande, volvió a introducir la polla en la obediente boca de Marta. La felicidad salió a borbotones, densa y caliente. La felicidad por haber logrado su objetivo.
A partir de ese día Paco no volvió a follar con ninguna asiática. Las españolas tenían más curvas, los ojos más bonitos y hablaban su idioma. Además, ahora, también sabían hacer ortolimpiadas. Si Mahoma no va a la montaña…     



jueves, 1 de octubre de 2015

SEXAGERACIONES - CAPÍTULO 4: EL VIRGEN CON LA NIÑA








Jesús miraba el cuadro de La virgen con el niño. Uno de los millones de cuadros que poseen el mismo título; el único que existe en su habitación. Se lo regaló su madre cuando hizo la primera comunión y aún lo conservaba.


Se abotonó la camisa nueva que se había comprado para la ocasión mientras observaba aquel niño que se llamaba como él. Debía tener fe. Aquella noche podía romper su sequía de una vez por todas. Tenía casi treinta años y aún era virgen.


No entendía muy bien por qué; gente mucho más fea y más tonta que él se hinchaba a follar sin apenas esfuerzo. “Es cuestión de actitud, Jesús” le repetía siempre su amigo Armando. Él sí era un fuera de serie con las mujeres. Sin ser especialmente guapo ni tener un cuerpo atlético, se había rodeado siempre de féminas atractivas e inteligentes. Achacaba su fortuna a la labia; una labia que en Jesús brillaba por su ausencia. Armando era el clavo ardiendo al que se aferraba Jesús para intentar perder su virginidad antes de los treinta. Además de las numerosas amigas y ex amantes que tenía en su agenda, Armando trabajaba en la recepción de un hostel. Un hostel en el que día sí y día también había cientos de extranjeras pululando por rincones y pasillos.

Con un bar low cost, además, en la planta de abajo; para que la gente pudiera embriagarse económicamente sin tener que salir fuera. El vicio al alcance de la mano. Una pasarela de bellezas del mundo que era un espectáculo para cualquiera de los cinco sentidos.

Todos los amigos de Armando iban allí a follar. Y todos, al menos una vez, habían mojado el churro… menos Jesús. ¡Y mira que lo intentaba el chaval!
Aquella noche, Armando le había dicho que llevaba a una chica especialmente para él. Una amiga suya fotógrafa, bisexual y muy erótica. “A esta le da igual la carne o el pescao, lo que le va es el mambo”. “Genial, a ver si hay química entre los dos, entonces…”. “Jesús, ni química ni hostias; tú te pones con ella a saco y no la dejes escapar. Que beba, que beba mucho; siempre que se vaya al baño aprovecha y le pides otra copa. Y háblale de cosas cultas, que vea que eres un tío interesante. Cine, fotografía, pintura… “ le aconsejó Armando. “Ya, pero… habrá más tíos por el hostel, si mi problema es la competencia…” se excusó Jesús. “Tú no te preocupes por los demás, voy a avisar a to Dios que esa tía es pa ti, y punto. Tú a lo tuyo, que yo me encargo del resto, a ver si follas de una puta vez”.

La noche transcurrió según lo previsto. Cuando cerró el bar aún había cubatas medio llenos sobre las mesas y besos embriagados danzando entre las sillas a apunto de encontrarse con bocas pasajeras.

Jesús seguía en la misma esquina de la barra donde Armando lo había dejado, conversando con Sara. Era su cuarta ronda y los dos ya iban contentillos. La gente, poco a poco, fue abandonando el lugar y Armando subió a la recepción, a intentar hacer en un par de horas lo que tenía que haber hecho en su jornada laboral de ocho. Jesús no sabía qué hacer. Sara ascendió por las escaleras y se postró ante el mostrador de recepción, orgullosa de su escote. No era ningún secreto que quería follarse a Armando. Esa noche y todas las anteriores; lo deseaba desde el día que lo conoció, en un taller de fotografía. Pero él siempre andaba ocupado, si no con una brasileña con una turca; Sara sabía que tenía muy pocas posibilidades de liarse con Armando, pero ella siempre lo intentaba, por si acaso. Se quedó en silencio, apoyada en el mostrador, viendo cómo el recepcionista tecleaba veloz e iba metiendo reservas.
 “¿Te queda mucho para terminar?”. “Sí, hasta las ocho que me vaya estoy a tope”. Jesús, mientras tanto, había llegado a la recepción, por inercia, y aguardaba callado y pusilánime, al lado de Sara; sin saber muy bien qué hacer. Armando dejó de teclear, de pronto, y levantó la vista. “¿Qué coño hacéis ahí, como dos pasmarotes?; ¡ya te he dicho que tengo que trabajar!”. “Ya bueno, pero el bar está cerrado… ¿no podemos quedarnos un ratito aquí contigo?” contestó Sara intentando poner voz sensual.

“Vamos a ver, son las seis de la mañana, el metro ya está abierto; es hora de irse a casa a dormir o de irse a cualquier sitio a follar. ¿Qué preferís hacer?” dijo Armando con sequedad.

Jesús miró a Sara, nervioso. Ella se encaramó aún más al mostrador, presumiendo de escote y susurró “Sabes que yo siempre soy de follar, pero me van más los tríos, las camas redondas, la multitud, vamos…”. “Pues aquí no hay multitud que valga; tienes a Jesús y fuera”. “¿Y hay alguna habitación libre?; siempre podemos empezar nosotros y tú cuando termines el turno te unes…” propuso Sara. Armando echó un rápido vistazo a la pantalla. “Fuck! No hay ni un puto cuarto libre, sin gente”. “Bueno, a mi no me importa que haya clientes, más divertido…”. “Que no Sara, ni de coña. Id para abajo, al bar, que ahora no hay nadie, y está a oscuras…”. “Sí, claro; el bar que sale justo en esa cámara que tienes detrás. Pa que nos vea todo el mundo…”. A pesar del vicio que le caracterizaba, Sara no estaba muy por la labor de follar en esas circunstancias. Jesús callaba, desesperanzado, viendo cómo estaba un día más cerca de sus treinta años y seguía siendo virgen. Armando debía hacer algo pronto si quería sacar a flote ese polvo deshilachado.
Pensó en lo último que había dicho Sara. Vio la cámara que tenía en recepción para vigilar el bar. También el resto de cámaras: pasillos, recepción, entrada…  Un recepcionista era un voayeur en toda regla. Y entonces le vino la idea. “¿Sabes una cosa, Sara?; ¿sabes lo que nunca he hecho con nadie y me encantaría hacer?”. “¿El qué?” preguntó curiosa. “Ser voayeur de una pareja mientras están follando. Me excitaría un huevo ver cómo os lo montáis tú y Jesús”. “¿En serio?”. “Mazo. Lo mismo hasta me uniría después y todo”. El plan surtió efecto. Cinco minutos más tarde Sara lanzaba a Jesús contra el sofá situado en la sala de estar, justo detrás de la recepción. Ella se sentó a horcajadas sobre él y empezó a comerle la boca. Armando observaba todo, satisfecho, sobre su silla giratoria, a un par de metros de distancia. De vez en cuando Sara giraba la cabeza, para confirmar que el recepcionista seguía allí, disfrutando del espectáculo. “¿Te gusta?, ¿te estás excitando?” preguntó, entre besos. “Sí, sí, seguid así” les animaba. “Ven, acércate, y así nos ves mejor”. Armando se levantó y fue hacia ellos. Jesús estaba muy nervioso; parecía que temblaba.

Era difícil que una mujer como Sara se excitara con un mochuelo acobardado como aquel. Tenía que intervenir si quería que aquellas ascuas exiguas avivaran y calentaran algo más que los cojines del sofá. Se colocó a escasos centímetros de la oreja de Sara. Una retahíla de guarradas comenzó a desfilar entre la boca y el oído.

Sabía que eso le gustaba. Jesús estaba atemorizado, no sabía qué hacía Armando allí, tan cerca, tan participativo. ¿Querría unirse de verdad?; ¿sería posible perder la virginidad haciendo un trío?
La idea de excitar a Sara funcionó de maravilla. Tomó las riendas de la situación de inmediato matando el nerviosismo de Jesús con somníferos muerdos en el cuello. Su inexperta polla, dormida hasta ese momento, presa del pánico, empezó a tomar forma poco a poco. Con esa presión bajo las ingles el coño de Sara pudo sonreír abiertamente. 

Parecía que ya era todo coser y follar. Jesús, animado por su pueril excitación, se envalentonó palpando la espalda de Sara, intentando encontrar un sujetador en búsqueda y captura. Armando contemplaba la escena, sonriente. Apartó aquel enjambre de dedos temblorosos de un manotazo y, con la habilidad de alguien de su especie, desabrochó el sujetador en apenas un segundo. En un abrir y cerrar de manos aquellos senos descubiertos fueron de nuevo tapados por la avidez del deseo.   

De pronto se oyó el ascensor. Armando corrió hacia la recepción, tenía un check out. Recogió las llaves de los clientes mientras los jadeos de sus dos amigos iban en un aumento. Debía sacarlos de allí; en unos minutos la recepción se llenaría de madrugadores clientes con ganas de desayunar. Pero Jesús también quería desayunar, quería probar el sagrado néctar femenino por primera vez en su vida. Y Armando solo tenía una opción para ayudarlo: el cuarto de las maletas. Abrió aquel cuartucho, ínfimo y maloliente, y apartó como pudo todas las maletas contra las paredes. Quedó un hueco reducido pero válido para un polvo de pocos minutos. Cubrió el suelo con un par de toallas y fue hacia el sofá. “Chicos, va a empezar a venir tol mundo. Os he encontrado un sitio mejor. Venid”. Jesús miró horrorizado aquel cuchitril donde su amigo y mentor pretendía que perdiera la virginidad. “Pero, pero…. ¿aquí?”. Armando lo tiró al suelo. “Venga, no me seas tiquismiquis, joder”. Detrás de Jesús fue Sara, que también replicó. “Pero… ¿tú no vienes?, dijiste que te unirías después… “. “Claro, y voy a unirme luego; pero ahora tengo que seguir metiendo reservas. Id entrando en calor que yo enseguida vengo”. Armando cerró la puerta con llave, se sentó en la recepción y buscó en youtube “canciones para hacer el amor”. De vez en cuando se levantaba y pegaba la oreja en la puerta, por si oía algo. El lugar era angosto y no quería que se asfixiaran allí dentro por su culpa.
A las ocho menos cuarto abrió la puerta. Los dos yacían tendidos en el suelo, exhaustos. Jesús estaba más rosado de lo normal. Con los pantalones bajados a la altura de las rodillas, sudoroso. Sara, completamente despeinada, no pudo ocultar una densa gota blanca que colgaba de la comisura de sus labios. “Anda que… ¡vaya cuadro!” exclamó Armando, satisfecho con su estratagema. Un cuadro inolvidable, sin duda; sobre todo para ellos. El único que se titula así en el mundo: El virgen con la niña.                               



lunes, 21 de septiembre de 2015

SEXAGERACIONES - CAPÍTULO 3: DE PRÁCTICAS





¿Quién no ha tenido relaciones sexuales en algún rincón, pasillo, aula o esquina de la universidad? Desde hace algunos años, las facultades son nidos de orgasmos, laberintos de besos, enjambres de caricias y mordiscos.



Se aprende más de las lenguas de los alumnos que de las bocas de los profesores. Como dijo el poeta “y entre tangas y entre piernas / aprendí más que con libros”. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce ni semen todo lo que gotea; y aún existen personas que llegan vírgenes a la universidad. 



Gulce fue una de tantas mujeres que arribaron a las aulas orgullosas de su castidad. No tenía prisa alguna por desflorar su tesoro inmaculado. Lucía una moderna nacionalidad alemana salpimentada por su exótico origen turco. Era bella hasta decir basta; pero también tímida hasta no decir nada. Creyente y practicante por tradición familiar, comenzó sus estudios de psicología en su Berlín natal.


Alumna brillante de calificaciones exquisitas; llegó a su último año conservando un prometedor porvenir y una virginidad intacta. Por supuesto que se había besado con varios muchachos; y también se había excitado hasta ahogarse entre suspiros, y había echado de menos el calor de un cuerpo, incluso, había cometido actos impuros guiada por el deseo y la avaricia de la carne; pero nunca había profundizado tanto en ningún hombre como para hacerlo acreedor, dueño y señor de su flor enjaulada.


En ese último curso de la carrera le brindaron una oportunidad única: ir un año a Colombia. Gulce podría finalizar sus estudios en el reino de la cocaína y el café mientras perfeccionaba la lengua española. Dijo que sí sin pensárselo dos veces. 

Llegó nerviosa y expectante al país latinoamericano. Había oído demasiadas leyendas en su cuadriculado país de origen. Sus padres intentaron convencerla hasta el último minuto para que no fuera tan lejos, a un país más violento y menos desarrollado que el suyo; pero Gulce necesitaba salir del nido, viajar, conocer mundo. Se adaptó rápidamente a aquel lugar soleado de gentes soleadas. Amables y serviciales; pronto se aclimató a las costumbres y la comida; dejando de lado la frialdad que solían compartir personas y clima en Alemania. En Colombia existía un caos que llegaba a ser agradable. No tenía problema con nadie; la gente era pobre pero compartía todo lo que tenía; un pueblo sencillo para una vida ausente de lujos y preocupaciones. El peligro estaba a la orden del día. Pero solo coexistía agazapado; sin llegar a salpicarla. Pronto formó un grupo de amigos en la facultad y cada semana le salía un nuevo pretendiente. Comenzó a hacer prácticas, dos horas diarias, en el S.A.P. (servicio de atención psicológica de la Universidad). Allí trabajó bajo las órdenes de Wilson, un atractivo especialista en autismo infantil. Desde el primer momento saltaron chispas entre la turco-germana y el colombiano. Ella admiraba su profesionalidad, sus publicaciones en revistas especializadas, todos los estudios que había realizado, a pesar de su juventud, en el campo del autismo enfocándose siempre en los más pequeños. Gulce adoraba a los niños y aquel hombre parecía una madre encerrada bajo el fornido cuerpo de un jugador de rugby. Era fuerte, alto, varonil, moreno; un hombre hecho y derecho; con seguridad, con garra. Pero también era comprensivo, atento, servicial, amable. Lo tenía todo. 

Un día Wilson le dijo a Gulce que aguardara unos minutos en la sala de espera, que iba a salir pronto. Así podría acompañarla hasta su residencia y conversar sobre las prácticas. Veinte minutos después le hizo pasar a su consulta. Fue a por un par de cafés y estuvieron toda la tarde charlando. Se quedaron allí dentro hasta que se fueron todos. La facultad quedó sumida en la solemnidad de la oscuridad y el silencio. Ellos seguían en la consulta del joven psicólogo, cada vez más cerca el uno del otro, a pesar del escritorio que les separaba, alumbrados levemente por un flexo. La tensión sexual podía mascarse desde Berlín; la estaban sintiendo hasta los padres de Gulce. 


Quizá los dos esperaban aquel momento con el ansia de un niño el día de Navidad. Pero aquí los regalos vinieron en forma de besos consentidos y estrategias sin sentido aparente. Los impulsos fluyeron mezclados con la saliva del otro.


Wilson cerró la puerta con llave y apagó la poca luz que quedaba con vida. Gulce se estremeció, inquieta; placenteramente impaciente. Él se levantó, de pronto, y la empotró contra la pared, sujetándola de la coleta con su mano diestra. Los dos pantalones se dejaron caer y los cuerpos se dejaron mover al ritmo del deseo. 

Wilson la penetró desde atrás.


Se sintió como una gallina sesgada por el ímpetu viril del gallo; aquella gallina violada que vio horrorizada en su infancia y le hizo creer que el sexo era algo salvaje y doloroso, propio de animales. Comenzó a jadear, a gemir, a aullar. Su humanidad se había desprendido con las bragas y descansaba sobre el suelo. Ahora ella era también un animal; un animal salvaje, herido, en celo.


De pronto, Gulce escuchó pasos en el pasillo; alguien subía por las escaleras. Wilson no escuchó nada o no quiso escuchar. Pero la realidad no se desvanece a pesar de la ignorancia. El peligro está ahí, aunque no se reconozca. 

Una cabeza apareció, de improviso, en la ventanita de la puerta. “¿Hay alguien ahí?” gruñó mientras alumbraba con su linterna. Los amantes fugitivos intentaron esconderse pero la obviedad de la situación era tan fuerte como la indignación del vigilante de seguridad. “Sí, sí… perdone por no avisar; ya nos íbamos” soltó Wilson con un hilillo de voz. Se vistieron rápidamente y abrieron la puerta. Gulce estaba tan avergonzada que no podía levantar la vista del suelo. Su cara estaba tan roja como la camisa blanca de Wilson. El vigilante, malhumorado, los acompañó hasta la salida. Era un cuadro demasiado perfecto para dejar lugar a dudas: un psicólogo de allí y una chica en prácticas, extranjera, saliendo de la oscuridad de la consulta, con los rostros cubiertos de vergüenza y la camisa de él coloreada de sangre. 

A la semana siguiente, Wilson quiso quedarse un par de horas más con tres compañeros para preparar un seminario sobre autismo que iba a celebrarse en Medellín. El vigilante subió de inmediato y les dijo que debían marcharse. “No está permitido quedarse después de las ocho de la tarde. Hay gente que da al S.A.P. otros usos además de los indicados”. Los cuatro amigos tuvieron que acercarse a un bar cercano para trabajar sobre la conferencia. Wilson, al principio, estaba asustado; temía que hubiera represalias contra él y pudiera perder su empleo. Las cervezas le ayudaron a relajarse. Entre risas y tragos, la conversación llegó hasta la nueva prohibición de no poder permanecer en el S.A.P. más tarde de las ocho. “¿Qué habrá querido decir el vigilante?” preguntó Wilson inocentemente. Las cervezas dieron lugar a las confesiones, y, de los cuatro psicólogos, Wilson se percató de que había sido el último en usar la consulta como picadero y tan solo una única vez. “Pero entonces, ustedes también…“ susurró. “Marica, yo he tenido más sexo en el S.A.P. que en mi propia casa” soltó el más veterano. Todos rieron y Wilson suspiró aliviado. Después de sentirse como un perturbado con su estudiante en prácticas, a la cual había robado su virginidad en la penumbra pecaminosa de su consulta, ahora parecía, incluso, que era un mojigato si se comparaba con sus compañeros de profesión. Escribió un mensaje a Gulce para invitarle a cenar al día siguiente en el restaurante más caro de la ciudad. “En el fondo soy un romántico” pensó. “Debe sentirse especial esta mujer, pues solo con ella he mancillado mi consulta.¿Me gustará de verdad?”. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey.



lunes, 14 de septiembre de 2015

SEXAGERACIONES - CAPÍTULO 2: S.O.S.







“Ven, sube, tengo una sorpresa para ti”. Marina se metió en la parte trasera del coche. Armando la esperaba allí con un ramo de flores y la mejor de sus sonrisas. “¿Pensabas que se me había olvidado?”. Se comieron a besos mientras Iván, el mejor amigo de él, arrancaba el vehículo rumbo a su chalet; un fabuloso picadero al que llevaba a todas sus conquistas nocturnas y que, esta vez, iba a servirle como regalo de aniversario a su mejor amigo. Pero antes debían pasar por casa de Tatiana, una atractiva venezolana que había conocido en el Palacio de Gaviria.


Nada más verla, bailando, provocativa, en mitad de la sala, Iván se había enamorado de ella todo lo que se puede enamorar un hombre que no cree en el amor. Se estuvieron devorando con los ojos para después rebañar las migajas de sus cuerpos con la boca.


 Cerró la discoteca y se abrió la incertidumbre del después. Iván estaba obnubilado con aquella sensualidad latina, no quería precipitarse. Decidieron darse los móviles y una oportunidad para algo más precedida de una llamada al día siguiente. Tatiana se despidió de él con un tierno beso en la mejilla y un “se me quedó corta la noche; espero saber pronto de ti” que significaba algo más en un idioma que Iván aún no llegaba a entender a sus veinte años.


Tatiana tenía tres años más que él en el pasaporte y una docena más entre sus piernas; hablaba lenguas que un hombre no es capaz de comprender hasta bien entrado en años.


A la mañana siguiente Iván llamó a su mejor amigo para contarle todo. “Esta piba me encanta, tío. No puedo dejar de pensar en ella. Es que cuando la veas vas a flipar. Da un morbo… ”. “¿Pero por qué no te la follaste?, ¿se lo propusiste?, ¿no dices que es una calentona?, ¿que casi te hace una paja allí mismo?” interrogó Armando. “Ya tío, pero… no sé… se notaba que quería ir despacio, y yo no quería cagarla; es que… bufff parecía de revista, tío. Me la casqué nada más llegar a casa de lo cachondo que estaba”. “¡Qué leche más mal aprovechada, macho!, con lo que le hubiera gustado a la venezolana que fuera su desayuno…jajajaja” bromeó Armando. “Joder, tío, qué cerdo eres. Ya te he dicho que esta piba no es como las demás, que quiero ir despacio, que vea que me importa…”. “Pero cabrón lo que te importa de ella es su coño; lo que pasa es que está mucho más buena que otras, por eso estás to acojonao…”. “Bueno… quizá…”. “Tú deja al tito Armando, que te va a armar un plan irresistible. Además, de paso, mato dos pájaros de un tiró”. 



Cuando llegaron al chalet eran las seis de la tarde. Bajaron del coche los cuatro; Iván quería aprovechar para ir al baño y enseñar su humilde morada a Tatiana, para que fuera abriendo apetito para futuras ocasiones. “Recuerda, a las once vuelvo para recogeros y llevar a Marina de vuelta a casa” le dijo a Armando. “Sí, sí, de putísima madre. Mil gracias. Tú disfruta del cine y todo lo demás. Luego me cuentas qué tal”. Pero no hubo cine con Tatiana. No hubo cine, ni compras, ni cena… La triple C que, supuestamente, tanto gustaba a las mujeres no tenía cabida en aquella explosiva venezolana. Desde que habían salido del chalet se mostraba mustia y esquiva. No le apetecía hacer nada; deambulaba silenciosa y cortante por aquel centro comercial situado a solo diez minutos del chalet. Iván empezaba a exasperarse. “Joder… como tenga que estar cinco horas con esta así me muero… “. El plan de Armando estaba haciendo aguas por completo. “¿Sabes? Este es el centro comercial más grande de todo Madrid. Parece una pequeña ciudad; aquí se puede hacer de todo. Hay hasta una pista de esquí…”. “No creo que aquí se pueda hacer de todo” respondió ella, secamente. “Bueno, vamos a probar; ¿qué es lo que quieres hacer?” preguntó Iván esperanzado. Ella se paró, de pronto, y le miró con frialdad a los ojos. “¿Pero tú eres tonto o qué?; ¿no sabes por qué narices he quedado hoy contigo?; ¿para qué carajo estoy aquí, en el culo del mundo, lejos de mi casa?; ya que ayer me dejaste con todo el calentón y no hicimos nada pensaba que hoy, por fin, querrías coger conmigo, follarme, penetrarme durante una tarde entera de sexo; pero me llegas y me dices que tienes un plan perfecto para hoy; vamos a tu chalet, y yo emocionada, estuve a punto de quitarme el tanga nada más entrar y todo; pero luego… ¿dejamos allí a tu amigo y a su novia, y nosotros nos venimos aquí, al centro comercial, a hacer el idiota?, ¿a esperar a que ellos disfruten mientras que tú quieres entretenerme llevándome de compras o viendo una puta película?. Para eso ya tengo amigas; yo lo que quiero es tu pija; tu pene, tu rabo, tu polla. ¿Lo has entendido?”


Diez minutos después, Iván y Tatiana estaban en el chalet, de nuevo, follando como conejos. Armando y Marina no se habían percatado de su presencia, celebrando, como estaban, su aniversario, entre sudor y jadeos. Una vez más, el chalet de Iván convertido en templo del placer y la lujuria.


Tatiana era la mujer más impresionante que había visto Iván en su vida; tanto vestida como desnuda. Era como follar con una modelo, una prostituta de lujo, una actriz famosa. A pesar de todas las artimañas usadas para intentar retardar su eyaculación (pensar en su abuela cagando, en el Fari comiendo limones o en Esperanza Aguirre presidiendo) no pudo aguantar más de cinco minutos en su primer polvo. Tatiana estaba desbocada e Iván bajó al pilón, para que su lengua cumpliera lo que no pudo cumplir su aparato reproductor masculino. Entre sus piernas se convirtió en donante de orgasmos hasta que el cansancio le hizo parar.


Necesitaba un respiro para él y un tonificador para su lengua. Fue a la cocina, a por algo de beber, más por alejarse de aquella tigresa insaciable que por sed. Volvió con un par de cervezas. Tatiana seguía desnuda, sobre la cama, en la misma posición que la había dejado; con las piernas bien abiertas, ofreciendo su concha al primer postor que osara aguantar su ritmo.


Poco podía hacer Iván ante aquel regalo del destino hecho mujer; pegó un buen trago de cerveza a la lata y se arrodilló. Quería volver a degustar ese apetitoso manjar antes de penetrarla de nuevo. Cumplió como el galán que era; estaba seguro de que la había dejado satisfecha. Esta vez sí. Fue al baño; feliz; orgulloso de sí mismo. 

Cuando volvió, Tatiana estaba haciéndose un porro. “¿Fumas?” le preguntó ella a él, sin levantar los ojos ni del papel ni de la marihuana. “Bueno…de vez en cuando”. Tatiana lo encendió y le dio un par de caladas. “Eres de las que les gusta el cigarrito de después, ¿no?” dijo Iván. “¿De después?; ¿crees que ya hemos terminado?; esto es el porrito de entre medias, aún nos queda mucha noche” le susurró ella mientras sus labios engullían el glande por completo en la suave oscuridad de su boca. 

Iván aguantó dos polvos más; cada vez con descansos más largos y más sorbos y caladas entre medias. La cerveza y la marihuana comenzaban a hacer mayor efecto en un cuerpo cada más destrozado por el esfuerzo titánico al que Tatiana le condenaba.


Como su pene, en ocasiones, no podía con todo, Iván tiró de lengua, dedos, manos, piernas. Su cuerpo entero al servicio de aquella dama enferma de gula y lujuria. Hasta usó su nariz, una vez, para provocarle un orgasmo que se antojaba el último. Ella había gemido más de cien veces y en la casa no quedaban más preservativos.


“Pregúntale a Armando, seguro que tiene” rugió ella. “Marina toma la píldora, Armando no tiene ni de coña” le respondió Iván aliviado. “Yo necesito más, de verdad; como sea” dijo Tatiana inclinándose, voraz, sobre su pene. Estaba arrugadito, hecho una bolita, con el glande enroscado entre los huevos; como una de tortuga que no quiere salir del caparazón. Aquella polla, blanda e indefensa, parecía una cría de cualquier animal durmiendo al amparo de su madre.


Tatiana se la comió entera; como un depredador exento de instinto maternal; en un solo bocado, se metió aquel pedacito de carne en sus fauces; pene y testículos engullidos por la avaricia de una ninfómana. Comenzó a jugar con aquel ser que se desperezaba dentro de su boca. Su lengua era el mejor despertador para la perezosa polla de su amante. A los tres minutos se la sacó de la boca dura y resplandeciente.


Sonrió a Iván, con malicia, y en un abrir y cerrar de piernas, introdujo aquel pene inhiesto en su hambrienta vagina. “¡No, no, no!, ¿qué haces?, ¡sin preservativo no!” gritó Iván. “No pasa nada, tonto, te corres fuera y ya está” dijo Tatiana con dulzura. “Que no, que no… que mi madre me mata”. “Vamos a ver… no estoy ovulando, no hay peligro alguno. Y podemos sentir más los dos. Venga…”. Iván se levantó de un salto de la cama; asustado. Todo su cuerpo estaba seguro de lo que tenía que hacer; todo su cuerpo menos su polla, que aún seguía dura. “Puto pene, siempre se rebela en los peores momentos” pensó, mientras se acercaba a sus calzoncillos, tirados bajo la mesilla. Tatiana, rápidamente, se puso entre la cama y la pared, completamente desnuda. “Deja esos bóxer donde estaban; es mejor que me complazcas, al menos una vez más, si quieres salir ileso de este cuarto”. Iván la observó en silencio, aterrorizado. Aquella deidad caribeña poseía un imán que hacía que su pene lo arrastrara hacia ella. Tatiana, lo recibió con los brazos abiertos; comenzó a acariciar a Iván, a besarlo, a lamerle el cuello, a palparle la espalda; a frotar con su juguetona vulva aquel pene que, oponiéndose a su dueño, requería una última cena de despedida. 

Se arrodilló y comenzó a hacerle una mamada como sólo había visto Iván en películas para adultos. Cuando sintió que su polla estaba a punto de reventar de placer, Tatiana se levantó, de pronto, y empujó a Iván, tirándolo a la cama. Se lanzó sobre él, y con la agilidad de una felina en celo, ató sus dos manos al cabecero ayudándose con las sábanas.


Ella, reina y señora de aquel cuerpo tembloroso, se puso mirando hacia la puerta, poniendo su majestuoso culo en la cara de aquel amante asustadizo. La boca de Iván empezó a lamer aquel coño como si no hubiera mañana, mientras ella succionaba el pene de él con suavidad y ternura; manteniéndolo a tono, pero sin que se llegara a eyacular.


Ella se corrió en cinco minutos. Después se sentó a horcajadas sobre él, con su vientre rozando el rabo de Iván. Le puso una teta en la boca. Luego la otra; mientras sostenía con fuerza la base del pene y lo acariciaba de arriba a abajo. Tatiana lo dejó, otra vez, a punto de correrse. Volvió a ponerse mirando hacia la puerta; esta vez con toda su parte delantera echada hacia delante, poniendo el peso de su cuerpo sobre las piernas de Iván. Quería inmovilizarlo, para la prueba final; la penetración. De repente agarró el pené y se lo metió en aquella jugosa y cálida vagina. Nadie en el bendito mundo podía decir que no a aquella agradable sensación de bienestar y confort. Pero la voz psicosomática de su madre y la paranoia de la marihuana hicieron mella en la cabeza de Iván. “¡No, no, no!” gritó, inútilmente. Aprovechando que Tatiana no lo veía, alargó su atada mano derecha, lo más que pudo, hacia la mesilla de noche, donde descansaba su móvil. Tras unos segundos de silencioso dolor consiguió cogerlo. Su pene, díscolo, disfrutaba con Tatiana, y sabía que disponía de unos pocos minutos antes de la gran eyaculación. Tenía que evitar como sea correrse dentro de ese súcubo. Envió un mensaje de texto a Armando; era el único que podía salvarlo en aquel momento. “SOS. Ven ya a mi cuarto. Di lo que quieras, sácame de aquí”. Tres minutos después Armando, en calzoncillos, irrumpía en el cuarto. Justo a tiempo. “Hola, chicos…” comenzó a decir sin saber muy bien qué hacer. Tatiana le echó una mirada fulminante. Se hizo a un lado, y se escurrió entre las sábanas, para que aquel entrometido no viera más partes de su cuerpo de las que ya había visto. “¿Qué pasa, Armando?, ¿algún problema?” le preguntó Iván, mientras su mirada le agradecía infinitamente su aparición divina. “Bueno… pues… sí…. resulta que la madre de Marina le ha llamado y… tenemos que salir pitando de aquí, tiene que estar en casa en veinte minutos; así que…”.


“Claro, claro, por supuesto; yo os dije que la acercaba a casa y la acerco a casa” respondió Iván, aliviado. “Eso sí, ¿te importaría desatarme antes de irte de la habitación, por favor? Y ya de paso, si me ayudas a vestirme, también te lo agradecería…”.


Cinco minutos después, el coche de Iván sobrevolaba las carreteras de Madrid, rumbo a Príncipe Pío. Nada más llegar se despidieron los cuatro, fugazmente, y Armando salió del auto, también, para acompañar a Marina hasta su portal. Tatiana obligó a Iván a aparcar el coche; quería hablar con él antes de que la acercara a casa. “No quería asustarte, baby, solo quería pasar un rato divertido contigo. Me gustas mucho”. Aquellos dardos tranquilizantes relajaron a Iván. Comenzaron a besarse, cada vez más salvajemente, hasta quedar empotrados contra la verja de los Jardines del Campo del Moro. En un rápido movimiento ella se levantó el vestido y se bajó el tanga. “Métemela, por favor, aunque sea un poquito, métemela una última vez…”.


Iván se quedó mirando aquel coño pecaminoso, el coño más bonito que había visto en su vida. Infernal y paradisiaco al mismo tiempo. Vio al demonio asomando por aquella vagina y su salvación al otro lado de la calle. Tenía que elegir. Introdujo la mano en su bolsillo y sacó un billete de veinte euros.


De pronto gritó “¡taxi!” y agarró a Tatiana con fuerza, para que no escapara. El taxi se acercó hacia ellos e Iván abrió la puerta, con decisión, y empujó en su interior a aquella venezolana insaciable. Cerró la puerta, aliviado, y fue a la ventanilla del conductor. “Tome, veinte euros, llévela donde ella diga. Y buena suerte, depende de usted, esta puede ser la mejor o la peor carera de su vida”.




lunes, 7 de septiembre de 2015

SEXAGERACIONES - CAPÍTULO 1: EXPLOSIÓN RELLENA


A partir de hoy, todos los lunes podrás leer una SEXAGERACIÓN cortesía del público que se anima a contarme sus tragedias sexuales para que las transforme en relato y dibujo. 

No te preocupes que preservo tu identidad cambiándote el nombre.
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EXPLOSIÓN RELLENA

Ramón estaba feliz; después de mucho tiempo iba a follar de nuevo. Aquel polvo, como tantos otros, se lo debía a su amigo Armando. Desde que los padres de Ramón se habían ido a vivir fuera de la capital para disfrutar de su jubilación, lejos del mundanal ruido, Armando y Ramón quedaban todos los viernes con dos mujeres diferentes para intentar disfrutar de los placeres carnales en aquel apartamento tan disponible y tan desabrigado de fuego y de cariño. Armando se encargaba de cazar a las víctimas y llevarlas hasta el matadero; Ramón preparaba la comodidad del hogar, que no faltara de nada, ni bebidas espirituosas en la nevera ni una suculenta cena en la mesa. La complementariedad hecha amistad al servicio del sexo. Aquella noche Armando le había prometido a su amigo que tenía una probabilidad del cien por cien de follar. “Está necesitada de rabo, lleva cinco meses a pan y agua; cae seguro”.


Ramón, para la cita, se había puesto camisa y había estado toda la semana sin masturbarse. Quería reservar sus soldaditos para Tania.


La noche transcurrió según lo esperado. La cena estaba riquísima (Ramón era un gran cocinero) y la velada posterior, entre risas y copas, fue amena e interesante (Armando era un gran conversador). Sin saber muy bien cómo, Tania se quedó con Ramón a solas en el salón. “Oye, ¿y estos?, ¿a dónde han ido?” preguntó al ver que no volvían. “Me parece que Armando ya está haciendo uso de su cuarto…” respondió él sonriente. “Joder, pues yo le había dicho a María que nos fuéramos con el primer metro a casa”. “A ver, a las seis María no está lista ni de coña; después del maratón de polvos estos dos se quedan dormidos seguro.
Pero, si quieres, puedes quedarte a sobar tú también aquí; y luego, cuando os despertéis, os vais juntas a casa”. “¿Y dónde dormiría?, ¿aquí en el sofá?” preguntó Tania.
“Pues… solo hay dos dormitorios, uno es en el que están María y Armando follando, y el otro es el mío. Así que… o duermes conmigo o duermes en el sofá”. Tania tardó poco tiempo en decidirse.


“Voy a tu cuarto… pero a dormir, ¿eh? No sé qué te habrá contado Armando, pero no tengo intención de follar esta noche; he venido a la cena solo por acompañar a María”.


Se metieron en la cama, en silencio, uno en cada esquina. Él en calzoncillos; ella con una camiseta ancha de Ramón que le llegaba casi hasta las rodillas. “Buenas noches” dijo él, y apagó la luz de la mesilla. Pero la oscuridad hace que sean los cuerpos quienes hablen, y no las bocas. Y habló el cuerpo de Ramón estirando los brazos, mientras bostezaba, para ver si podía palpar algo entre la inmensidad de la noche. Y habló el cuerpo de Tania, dejándose tocar, moviéndose sutilmente hacia el centro de la cama, para facilitar el rozamiento de los cuerpos. Fue ella quien rompió el silencio. “Oye, ¿tú sabes dar masajes?”. “¿Yo?. Bueno…sí… ¿por?” dijo Ramón, expectante.”Es que… me duele un poco el cuello, no sé si tendré una contractura o algo. ¿Me lo miras?” 


A los cinco minutos copulaban como animales en celo. Disfrutaban como niños con un juguete nuevo. Un juguete que ambos conocían demasiado bien, pero llevaban demasiado tiempo sin sacarlo del baúl de los juguetes.


El primer asalto duró apenas siete minutos. Siete minutos, para setenta veces siete mililitros de semen concentrado. Tania le quitó el preservativo y se quedó boquiabierta, observando el semen rebosante dentro del látex. “Joder… aquí hay…. por lo menos cinco hijitos”. Ramón la miró, perplejo. “¿Qué clase de gente me trae Armando a casa?”. Cinco minutos después estaban faenando el segundo asalto. Esta vez duró trece minutos pero la cantidad de esperma fue mucho menor. “Bueno, bueno… esto está mejor, aquí habrá dos hijitos; dos hijos está bien para ir empezando. ¿Sabes? A mí me gustaría tener un hijo negrito, uno chinito, uno rubito… ser como una familia Benetton”. Ramón la observó, horrorizado. “Madre de Dios, esta tía está como una puta regadera”. El tercer asalto llegó a la mañana siguiente; gracias al hermoso despertar que tuvo Ramón en su entrepierna. “No podemos desaprovechar esta erección matutina” le dijo Tania, y se pusieron manos a la obra. Su marca quedó fijada en quince minutos y medio. La cantidad de semen era una media entre el primer y el segundo polvo. Tania se quedo con el condón entre sus manos, a la altura de los ojos, mirando detenidamente el esperma, balanceándolo de un lado para otro. “Mmmm… no sabría decirte con exactitud si habría tres o cuatro hijos aquí dentro. ¿Tú qué piensas?”. Ramón solo pensaba en echar a esa lunática lo más rápidamente posible de su casa.


Pero Tania, de pronto, puso la abertura del preservativo en su boca y empezó a soplar. Aquel condón lleno de semen se convirtió, en un abrir y cerrar de ojos, en un extraño globo relleno con el que Tania comenzó a jugar dando saltos sobre la cama.


Ramón yacía sobre las sábanas, con los brazos en cruz, resacoso y cansado, roto. Las copas de la noche anterior y los tres polvos con aquella excéntrica salvaje le estaban pasando factura. Logró alcanzar el móvil y escribió un mensaje de socorro a su amigo. Fiel al hombre que le proporcionaba una cama y un trago cada vez que lo necesitaba, Armando se presentó en el cuarto de Ramón a los diez minutos. “Tania, hora de irse”. La casa quedó sumida en un agradable silencio hasta que el teléfono fijo sonó. Ramón seguía durmiendo, sufriendo la resaca entre vasos de agua y cotilleos vía móvil con Armando. No se molestó en contestar hasta la tercera llamada. Estuvo a punto de ir al baño a vomitar debido al esfuerzo realizado al levantarse y a la horripilante información que le llegaba por el auricular. Además, toda la casa olía a alcohol. A sudor y a alcohol del malo. Y lo peor de todo no había ocurrido: su madre estaría allí en media hora. En veinticinco minutos Ramón adecentó la casa lo mejor que pudo. Le sobraban cinco minutos para poner un incienso, tomar un ibuprofeno y relajarse. Pero entonces lo vio. Medio escondido en su habitación. El globo.


Aquel enorme y maldito globo que Tania había construido con el preservativo usado. Intentó meterlo en la papelera, pero no cabía; en la basura de la cocina tampoco.


¿Y si bajaba al contenedor de la calle? Era demasiado arriesgado, sus padres podrían pillarse. ¿Qué podía hacer? Ramón, nervioso, comenzó a dar vueltas por la casa con el condón inflado en la mano. De repente escuchó el telefonillo. Maldición. Corrió a la cocina y cogió el primer cuchillo que encontró. Debía eliminar aquel globo demoníaco. Era cuestión de vida o muerte. El condón-globo o él. Lentamente acercó la punta del cuchillo al látex. Lo pinchó. Un sonido repugnante y pegajoso inundó la cocina, las paredes, el fregadero, su cara. Un ruido espermático seguido de un látex viscoso. Ahora su fregadero olía a semen; todos los platos y vasos que había lavado sabían a semen; las paredes y la puerta y la ventana tenían semen.


Toda su cocina era semen. Y su cara, simplemente, una fabulosa mascarilla hecha de esperma que haría que su rostro, aquel día, estuviera más brillante, más suave y más terso que nunca.


¡Ay, si Cleopatra levantara la cabeza…! Estaría orgullosa de Ramón; sin duda.