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martes, 15 de noviembre de 2016

SEXAGERACIONES - CAPÍTULO 8 - HAZME MENTIR



No había vuelta atrás. Cuando Iván introducía su mano en la cueva de las maravillas solo podía ocurrir una cosa. Él, hombre paciente y dadivoso, amaba lo tierno. Lo húmedo. Lo esponjoso. Odiaba el clima de secano y las grietas y las grutas resquebrajadas. Le encantaba chapotear en el interior de las mujeres. Entre sus musgos, líquenes y riachuelos. Era piscis. Y su signo del zodiaco le guiaba cuando osaba nadar en charcas femeninas.

Llevaba casi una semana sin adentrarse en Juanita, y eso se notaba. Él estaba nervioso, descentrado. Ella irritable y estresada. El sexo no se vende en farmacias, pero es la medicina más efectiva contra el mal del amor. Él aún no sabía si usaba de eso. Se lo habían vendido desde pequeño, como el bien más preciado del mundo. Tras dos novias reconocidas y casi un centenar de amantes, Iván se sentía estafado. Al menos, con Juanita disfrutaba del sexo. No le dejaba degustar el averno femenino con su boca, pero tampoco le importaba demasiado. Él, que era una profesional del sexo oral, había aparcado la lengua para empezar a usar la recortada. Le encantaba apuntarle en el pecho. O en la boca. A veces, cuando llegaba al límite, no tenía más remedio que disparar a bocajarro en el ombligo de la víctima. Lo hacían sin condón. Siempre le habían gustado los deportes de riesgo. Hasta que comenzó a sonar la música de las E.T.S. y tuvieron que afiliarse al preservativo. 

Llamaron a la puerta. Era Juanita. Iván le plantó un beso cuando abrió. Luego la abriría a ella. Bucearía entre sus aguas hasta llegar al jadeo que lo resume todo. O a ese aullido largo y prolongado. A veces, incluso, podría llegar a ser una pérdida de conocimiento. Una vez, Iván, consiguió que una mujer llorara tras el orgasmo. Nunca supo si de felicidad o de tristeza. Él cree que por lo primero. Hay que ser optimista en la vida. Se calzó y salieron a la calle. Iban al cine, una de las pasiones que ambos compartían. No les interesó lo suficiente ninguna de las películas que estaban en cartelera. O quizá les interesó más el sexo que llevaban una semana sin practicar. Diez minutos después estaban en la cama de Iván, completamente desnudos. Es lo que tiene el sexo nonato, al no realizarlo se expande por tu cuerpo. Te contamina de vicio y de lujuria. Cuando estás acostumbrado a follar todos los días, una semana a pan y agua te convierte en un adicto sin su dosis. Iván era un yonki de la guarrería y Juanita era lo más parecido que tenía a la metadona. Estaban los dos a punto. Calientes. En ebullición. Iván abrió el cajón de la mesilla y agarró la caja de preservativos. Estaba vacía. La tiró al suelo y cogió la otra, la del fondo. Era lo bueno de ser precavido. Siempre tenía dos. También estaba vacía. Era lo malo de ser tan despistado. Nunca tiraba los envoltorios ni las cajas de nada. Su nevera estaba llena de paquetes de donetes sin dulces, de latas sin coca cola, o de cartones de leche sin líquido. Así era Iván, y así había que quererle. Aunque en ese momento Juanita no lo hacía. Estaba histérica. Y sin condones en la costa. “¿Y tú, por qué no tienes tú?” balbuceó Iván. Tenía razón. Dos no follan si uno condón tiene. “Pues porque venía a tu casa, y sé que siempre tienes dos cajas” contraatacó. Iván se calló. Tenía una idea. Se levantó de un salto de la cama y se dirigió a la estantería. “Mira” gritó, triunfal, mostrando un preservativo con un dibujito. “¿Y eso?”. “Me lo trajo un amigo, de recuerdo de Italia”. El envoltorio del condón era blanco. Había un pinocho dibujado y una frase en inglés. “Make me lie”. Juanita no sabía inglés. Iván le explicó el chiste. Le puso el profiláctico y comenzó el primer acto. La nariz de Iván funcionaba a la perfección. La música del placer inundó el cuarto con suspiros y jadeos. El orgasmo se aproximaba. Iván sabía que iba a aguantar hasta que ella se corriera. Quería ver la cara de Juanita cuando llegara al clímax. Sentir el paraíso del placer en el infierno femenino. Ella pensaba lo mismo. Quería contemplar a Iván en su cenit. En el momento del disparo. Su misión de ese día era colmar de gozo a su pareja. Ambos dejaron sus sentimientos de lado. Solo importaba el placer del otro. Y eso en el amor se paga caro.   


Juanita pensó en fingir. Iván estaba acostumbrado a regalarle un par de orgasmos antes de correrse. Comenzó a aullar. Él sonrió satisfecho. Ahora podría usar su recortada. Pero se engatilló. Estaba tan absorto pensando en Juanita que había abandonado el placer a su suerte y se había revelado. No tuvo más remedio que fingir. Gritó, gimió, lloró. Era la primera vez que representaba un orgasmo. Ambos cayeron desplomados en la cama. Dicen que una buena actuación cansa mucho. Habían mentido como dos estrellas de teatro. Había terminado la función y no se oyó ningún aplauso. Ella mantenía congelada una sonrisa agridulce en el rostro. Él se quitó rápidamente el condón vacío y lo tiró a la papelera. Vio en el suelo el envoltorio. Parecía que el pinocho se reía de él. Quizá de ellos. Los dos habían mentido. “Make us lie”. Es lo bonito del amor. Que todo se comparte.   



jueves, 29 de octubre de 2015

SEXAGERACIONES - CAPITULO 7 - SOR PILAR


Pilar era la única creyente practicante de toda su carrera. Y no entendía por qué. Por qué la gente joven era tan atea. Por qué cuando descubrían su vocación religiosa todo el mundo la miraba raro. Desde bien pequeña le ha había  encantado leer, y por eso había decidido estudiar filología hispánica. Pero sus compañeros de clase no eran como se había imaginado; estaban exentos de valores, contaminados de vicio y perversión. Por eso su vida universitaria se limitaba a coger apuntes y a intercambiar un par de frases con Sonia, la única chica con la que se llevaba bien. Otra cosa bien distinta era la Iglesia. La parroquia había pasado a ser su segunda casa. Daba igual ir a misa, a los ensayos del coro, a los encuentros de juventud o a las clases de catequesis. Allí disfrutaba con el párroco (al que consideraba un segundo padre) y con sus compañeros de parroquia (sus hermanos). Además, gracias a la Iglesia había encontrado el amor.  En uno de los numerosos encuentros de juventudes religiosas, había conocido a Alex, un estudiante de economía granadino que tocaba la guitarra de forma angelical. Fue tan fuerte la atracción surgida ese fin de semana en Sevilla, que llegaron incluso a sellar su relación con un beso (con lengua y todo).

Para Pilar el amor tenía que ir cocinándose poquito a poco, como un buen cocido madrileño. No entendía cómo algunas chicas de su edad podían acostarse con un desconocido la primera noche. El infierno estaba cayendo sobre España y parecía que nadie, salvo ella, se daba cuenta.

El lunes, nada más llegar a clase, le contó a Sonia su historia de amor con Alex. Sonia también tenía buenas noticias para ella: había conocido un chico en su grupo de teatro y andaba loquita por él. “Pero… tú estás con Rodri… lleváis dos años saliendo… ¿no?”. “Ya…pero… creo que lo voy a dejar, tía, o al menos darme un tiempo o algo. Rodri va a su bola tol el rato; no tenemos aficiones en común ni na… y en cambio Armando actúa, como yo, y estudió nuestra carrera, y es profesor. “¿Profesor?, pero… ¿cuántos años tiene?”. “Ocho más que nosotras, es que es eso… es un hombre ya, y no un niño. Y tía… ¡además es poeta! Y tiene libros publicados y todo. ¡Es genial!”. “Vamos… que vas a darte un tiempo con Rodri para… acostarte con… el nuevo”. “No, si ya me lo he tirao. Estuvimos toda la noche del sábado follando como conejos. Es que es eso… encima folla como los ángeles”. “Ave maría purísima” exclamó Pilar con los ojos como platos. “Con pecado concebido” sonrió Sonia maliciosa. “Después de clase de sintaxis viene a buscarme. Espérate y te lo presento”. Para Pilar, Armando era un cruce entre Don Juan y el diablo. Y así se lo hizo saber a su amiga en cuanto éste se fue al baño. Regresó del lavabo con tres copita. “No gracias, yo ya me iba…”. “Venga, Pilar, solo una copa de vino. No puedes rechazar una invitación a un ex estudiante de tu facultad. Quédate con nosotros y te chivo los profesores más fáciles para aprobar las asignaturas del próximo curso” dijo Armando, guiñándole un ojo. Ella aceptó a regañadientes.

Pero después de un primer vino siempre hay un segundo, y también un tercero. Sobre todo si hay un poeta de por medio. Con el cuarto vino, Pilar seguía viendo a Armando como la mezcla perfecta entre Don Juan y el mismísimo diablo. Pero en ese instante esa imagen le excitaba; y mucho. 

Aprovechó el momento en que Sonia fue al baño para poder contactar con Armando a solas. “Toma, mi facebook, a mí es que me encanta la poesía… así estamos en contacto. Bueno, mi facebook… y mi correo… y mi móvil”. “Genial, así va a ser difícil escapar de esos ojazos verdes”. Pilar se ruborizó. “No seas tonto, anda… si tú y Sonia sois…”. “Amigos. Amigos con derecho. Follamigos. Como quieras llamarlo, pero no más”.
Una semana más tarde Sonia lo había dejado con su novio. Estaba a plena disposición de Armando y su mundo canalla y perverso. Comenzaron a ver pornografía en casa de él, a escribir juntos, a follar para combatir de tú a tú el calor, a dispararse fotografías desnudos. Había llegado el verano a Madrid y el ardor del infierno florecía en la capital. Pilar se refugiaba del fuego entre los muros de la Iglesia. También en su relación epistolar con Alex. ¡Era tan romántico que dos jóvenes se enviaran cartas en pleno siglo XXI! Pero algunas noches, el calor era tan asfixiante que Pilar no podía dormir

Se levantaba de la cama empapada en sudor. Y siempre que se sentía mojada pensaba en Armando. Y se levantaba y le escribía por el ordenador. Y él siempre, siempre, contestaba. El maldito hijo de Satanás parecía que nunca dormía. Hilaban conversaciones que según pasaban las horas se iban tornando cada vez más provocativas; más sexuales. A él le encantaba excitarla; sabía que tenía ese poder y estaba seguro de  que todas las noches lo conseguía, por eso ella era tan adicta a sus conversaciones nocturnas. Era el único que podía abrasarla. Ella volvía a la cama más mojada de lo que había salido; también más satisfecha. Caliente por dentro, húmeda por fuera.

La primera quincena de agosto Alex iría a Madrid a ver a Pilar. Su amada se quedaría sola en  casa y era la ocasión perfecta para llevar a la práctica toda la pasión que trascribían en las cartas. Pilar no cabía en sí de la emoción. Por fin podría palpar a su enamorado. Acariciarlo, lamerlo, besarlo. Pero el uno de agosto apareció con una carta bajo el brazo y no con el novio deseado. Alex le había escrito la carta más larga de todas. No iría a Madrid. No estaba preparado para afrontar una relación de esas magnitudes. Nada más leer la carta Pilar comenzó a llorar. Lloró en el salón, en la cocina, en el baño. Estaba sola en casa.

Lloró su hogar entero hasta que quedó seca  de rabia por fuera, pero aún mojada de tristeza por dentro. Fue a llamar a una de sus amigas pero se lo pensó mejor. ¿Helado?, ¿chocolate?, ¿el diario de Noa? En esos momentos solo necesitaba una cosa: un hombre.  Y desde el primer momento tuvo claro qué hombre necesitaba: Armando.

Pero ese día no era el mejor para quedar con él. En unas horas partiría al Arenal Sound, el festival de música indie al que acudía todos los años. Necesitaba preparar bien su mochila, la tienda de campaña, el saco de dormir, y, cómo no, pasar por Mercadona a comprar cientos de latas de conserva y botellas de ron Almirante. “No puedo, Pilar, lo siento, es que estoy liadísimo. Cuando vuelva del festival nos vemos un día”. Pero el despecho y la lujuria ardían en la joven beata, no podía dejar escapar al único hombre capaz de apagar el fuego que la incendiaba por dentro. “Mira, hacemos una cosa. Vienes un ratito a mi casa, solo un ratín, y yo abro una botella de vino bueno de la bodega de mi padre, y nos la tomamos aquí, y luego te acerco al Mercadona que hay cerca de mi casa, en coche, y de allí te llevo a tu casa. ¿Qué dices?”.

Media hora después, Armando llamaba al timbre de su puerta. Pilar le abrió con un minúsculo short rojizo y una camiseta blanca de tirantes, semitransparente. Lo mejor de todo, era lo que había debajo. Nada. Ni rastro del sujetador. Dos pezones endurecidos centraban toda la atención de la mirada del joven poeta. Miles de versos recorrieron sus venas poetizando la sangre que se agolpaba en su entrepierna. En cuanto Pilar se abalanzó para abrazarlo, su polla respondió con una bella embestida. Fue involuntario; pero divino. Ella sintió la dureza contra su cuerpo; él la suavidad de los senos sobre su camiseta. Tenía a Armando donde quería. En su guarida; excitado nada más verla; completamente domado a su antojo. Ahora le tocaba a ella ser mala. Comenzó a gimotear, a llorar por la ausencia de su amado. La botella de vino estaba ya abierta, esperando en la mesa. No paraba de servirle copas, mientras narraba su desdicha. Armando no dejaba de mirar sus tetas. Sabía que tenía que dejar de hacerlo, pero no podía. Era superior a sus fuerzas. Ella se acercaba más a él, se estiraba, se agachaba, se levantaba de pronto, giraba hacia un lado. Quería que los ojos del diablo no perdieran detalle. “¿Quieres que ponga el aire? Es que tengo mazo calor, y más ropa no puedo quitarme ya…”. “Bueno, uno siempre puede quitarse más ropa, sobre todo si está en su casa”.

“Por eso mismo, como estoy en mi casa, no puedo quitarme más ropa, porque en verano siempre voy sin ropa interior”. Armando tragó saliva. “¿Sin nada de ropa interior?, ¿ni arriba ni abajo?”. “Llevas desde que has entrado mirándome las tetas, así que lo de que no llevo sujetador creo que lo tienes claro. Y abajo… ¿quieres echar un ojo también?” dijo, maliciosa, mientras se abría de piernas lentamente. Armando clavó su mirada donde cualquier mortal lo hubiera hecho.

El trozo de tela rojo que cubría su pubis se iba estirando al compás de las piernas. Comenzó a imaginar cómo sería el coño que se escondía allí detrás; casi al alcance de sus ojos. Paró de golpe. “¡Uy! Se me olvidaba, ¡si estás con mi amiga Sonia!, y yo, tan despistada, iba a enseñarte mi chichi”. “No estoy con Sonia, solo somos follamigos”. “Eso era antes, guapo; ahora sé que se pasa el día en tu casa, frungiendo”. “Eso no implica nada. Follamos bastante sí; nos gusta follar juntos. Pero también follo con otras. No tenemos exclusividad”. “Pobrecita; ella se está enamorando de ti…”. “ No se está enamorando de mí; lo que pasa es que vivimos al lao, y, ahora en verano, yo tengo vacaciones, vosotras no tenéis clases, y estamos los dos en Madrid, cuando muchos de nuestros amigos andan fuera”. Acto seguido Pilar se levantó del sofá y se dejó caer a horcajadas sobre Armando. Sintió la dureza de su pene duro. “¿Entonces no estaríamos pecando si ahora llegara a pasar algo entre nosotros?” preguntó inocentemente. “Por supuesto que no”. “Pero… yo solo me beso con chicos creyentes, y sé que tú no crees en Dios”. “No, no… espera… entendiste mal… no es que no crea en Dios, sino que… mmm…  sé que existe algo superior, alguna divinidad, que a lo largo de la historia lo han llamado Anubis, Júpiter, Yavé, Alá… ¿por qué el nuestro es el verdadero y no el otro?”. “¿Vas a darme una clase de teología ahora, mientras tu demoníaca polla intenta atravesar mi paradisíaco coño?” le preguntó mientras sus labios se quedaban a solo un centímetro de la boca de Armando. “No… no… yo…”.

“Bésamelo y di que crees en Dios” dijo ella acercando el crucifijo que siempre adornaba su cuello. “Porque Dios también está en mi boca”. Y él lo besó; besó el Dios que habitaba en el collar, y después el Dios que ardía en su boca. Besó todos los dioses que encontró en el cuerpo de Pilar.

El Dios del labio, el Dios del cuello, el Dios de la oreja, el Dios del pecho. Armando comenzó a rezarla con la lengua, a orar cada centímetro de su cuerpo desnudo. Pero la oración llegó al amén en el short rojo. Ese minúsculo short que no pudo mover de sitio. “Es hora de irnos; ¿no me dijiste que tenías prisa?” Pilar lubricaba felicidad y venganza. Se hubiera tirado a Armando nada más abrirle la puerta, pero quería jugar. Jugar con él y para ella, contra su amadísimo ex novio, contra su ex amadísima amiga de la facultad. Todas las tardes de biblioteca aguantando la palabrería de Sonia, la maravillosa relación que tenía con Armando. Los mensajitos picantes, sus cenas y cines que eran simples pretextos de polvos, los recitales que hacían juntos, y eso por no contar los días que aparecía por allí, el Don Juan, con frases incendiarias y ofertas de besos cada minuto. Pilar respiraba vendetta. Por el novio que no tuvo huevos de amarla, por la amiga que envidiaba, por el hombre que la calentaba por mera diversión y ego. “Espérame un segundo, voy a por algo más de ropa”. A los cinco minutos apareció con un vestido azul celeste, lo suficientemente corto para provocar un giro de cabeza en cualquier transeúnte sensible que se la cruzara en la calle. Eso sí, tuvo la decencia de ponerse ropa interior (al menos en la parte de arriba).

El celeste coloreó de candidez su cuerpo. Pilar volvía a ser un ángel, un hermoso ángel que había olvidado sus alas en casa y debía conducir para llegar al cielo. “¿Dónde vamos?” preguntó con su máscara de niña buena. “No sé, al Mercadona, ¿no? Me dijiste que me llevarías en coche si me acercaba a tu casa…”

Armando, en realidad, podría haber ido a cualquier sitio con ella. A un banco del parque, a un baño del cine o a la siguiente esquina. Le daban igual ya los preparativos del viaje, las botellas de ron o las latas de conserva. Para un hombre excitado el paraíso nunca está encima del mundo sino debajo de una falda.

Como quien no quiere la cosa, Armando se dejó caer hacia su compañera de auto. Alargó el cuello, y esperó a que los labios rozaran su oreja. “No sabía que los ángeles supieran conducir tan bien”. “¿Aún piensas que soy un ángel, imbécil?”. “Si no un ángel, una beata” respondió él, apoyando la mano izquierda en el asiento del conductor, acariciando sutilmente su muslo con la yema de los dedos. “Te creía más listo. Los ángeles no tienen sexo, y yo tengo uno muy mojado ahí abajo. Y las beatas… no tocan pollas.” Dijo ella, desafiante, mientras llevaba su mano derecha hacia Armando. Él aprovechó la ocasión para trepar con su mano izquierda por el muslo y adentrarse por el abismo de la entrepierna. “Mierda” pensó “sí que lleva bragas”.

Pilar se manejaba a la perfección conduciendo únicamente con su siniestra. La diestra la tenía demasiado ocupada desabrochando el pantalón de su copiloto.

Apareció de pronto, sin avisar, monumental, inhiesta, dura. La polla de Armando lucía radiante y esplendorosa. “Como luce el Vaticano cuando surge, de improviso, al final de Via della Concilliazone” pensó Pilar extasiada.

Quiso meterse, de inmediato, aquel manjar divino en la boca… pero no podía. Estaba conduciendo. No debía apartar los ojos del asfalto. Empezó a acariciar aquella deidad carnal lentamente, de arriba abajo, como había visto cientos de veces en las películas que el padre Damián tenía escondidas en su despacho. Paró en el semáforo en rojo. Las ganas eran demasiado grandes para no hacerles caso. Se agachó al mismo tiempo que frenaba, y se metió todo el miembro de Armando en la boca. Estaba mejor que la hostia consagrada. Al menos sabía mejor; tenía más consistencia. El placer de la degustación duró hasta que volvió el color verde. Al levantarse para volver al sitio que le correspondía las vio, justo al lado del coche, paseando por la calle. “No puede ser” pensó atemorizada. “Rápido, escóndete, no mires por la ventanilla. ¡Y tápate eso!” susurró. “Pero… ¿qué pasa?” preguntó Armando, asustado. “Mis catecúmenas” respondió Pilar mirando hacia el otro lado “como me vean en un coche con un hombre desconocido seguro que se lo cuentan al padre Damián”.
El peligro pasó rápido, tan rápido como condujo Pilar para alejarse de allí. “¡Joder, eso sigue duro!” exclamó al ver la polla de Armando. “¿Y por qué no iba a estarlo? Sigo excitadísimo” alegó él mientras volvía a introducir su mano izquierda por el averno femenino. “Dios, cómo sois los tíos, estáis siempre cachondos…”. “No sé cómo serán los tíos, yo sé cómo soy yo”. “Por favor, Armando, no te la saques otra vez, que me desconcentra. Estamos a punto de llegar al Mercadona”. “¿Y allí podremos follar?” preguntó esperanzado.

“Joder, ¿no puedes decírmelo de otra forma? Siempre estás con la palabra follar en la boca”. “Estoy con la palabra follar porque hasta que no te quites las bragas no puedo estar con otra cosa”. Pilar se humedeció, un poquito más. “Dime algo bonito, porfa…”. “¿Y qué gano yo con eso?”. “Te doy mis bragas. Ahora mismo” respondió excitadísima. “Mi polla era atea y por ti se ha hecha cristiana”.

“¿Y eso es bonito, Armando?”. Es un verso alejandrino, y termina en una rima fácil. Mientras te como el coño puedo pensar tres más y te hago una cuaderna vía”. “Tú cuando estés ahí abajo deja la poesía y céntrate en el latín, que el cunnilingus aún no ha sido traducido al castellano” dijo ella, mientras se quitaba las bragas aprovechando el semáforo. Armando se las guardó en el bolsillo, como si fueran un trofeo de guerra. Aún seguían mojadas. Olían a pecado. Antes de bajar al pilón quiso introducir sus dedos en aquella cueva de las maravillas. Pilar gimió, como una perra en celo, como un alma descarriada llegando al paraíso. Pisó el acelerador mientras jadeaba felicidad contenida durante demasiado tiempo. Ahora sí, podía entender a Santa Teresa. De pronto el coche subió a la calzada y se empotró contra un árbol. Por suerte, no había transeúntes en ese lado de la acera y no atropelló a nadie. Una manzana cayó sobre el parabrisas. Pilar y Armando observaron el fruto prohibido, en silencio, aliviados. Nadie había mordido nada aún. Tampoco habían follado. Seguro que Dios tenía piedad y, de momento, no los expulsaba del paraíso.    



miércoles, 14 de octubre de 2015

SEXAGERACIONES - CAPÍTULO 6: EL MENTALISTA




Iván lo tenía claro; quería hacer ese curso de coaching. “Pero es muy caro, tú, y dura un puto año; ¿estás seguro?” le preguntó Armando. 


“No he tenido algo más seguro en la vida; sé que he nacido para ser coach”. Armando, sin embargo, no estaba nada convencido. Antes fue el mundo de la interpretación, después del doblaje. Ahora le tocaba el turno al coaching


¿Qué sería más tarde?; ¿la pintura?, ¿la música?, ¿la escritura? No podía dejar que su mejor amigo tirara el dinero por la borda ni que malgastara un año de su vida. Antes de que Iván diera el sí quiero al curso, Armando debía probar a Iván.
Al día siguiente la solución se presentó en forma de conversación con su compañero de trabajo. “Pues yo tengo un hijo de tu edad, más o menos; lo que pasa es que no sale mucho y tal…” le explicaba durante el recreo Emilio, el profesor de matemáticas de sexto. “Joder, dale mi móvil y que me escriba; yo conozco mazo peña y salgo todos los fines de semana”. “Sí, ya… estaría bien. Pero… mi hijo… no es un hijo como… vamos, que tiene síndrome de aspergen; ¿sabes lo que es eso?”.  
Una semana después, Iván y Armando quedaron con Alfredo en la salida del metro de Oporto. A primera vista podía parecer un chico del montón, algo retraído, con la mirada perdida, y vestido y peinado como si tuviera doce años. 


La cosa empezaba a complicarse con la conversación; más que nada por su inexistencia. Respondía en monosílabos cada pregunta, cabizbajo, y eso, si tenías la suerte de que te contestara.


 Era desesperante intentar sacar algo en claro. “¿Cómo coño voy a ayudar a este tío si no me deja conocerlo?” le preguntó Iván a su amigo. “A ver, nadie te dijo que esto fuera fácil, su padre me dijo que llevaba diez años yendo al psicólogo, y mira cómo está…” respondió Armando. Alfredo seguía allí, mirando al suelo. Daba igual que estuviera allí, representaba lo mismo que un banco o una papelera. De pronto, Armando, tuvo una idea. “Tengo sed, vamos a tomar algo”.
Cinco minutos después estaban sentados en el Botafumeiro, un bar gallego que solían frecuentar. “Qué tal, chicos, ya os echaba de menos, ¿qué pongo por aquí?” les saludó el camarero nada más entrar. “¿Bebes cerveza?” preguntó Armando. “No”. “Ponnos tres cañas, dos normales y una con limón”. Alfredo no replicó. Que no hablara también tenía sus ventajas. Iván y Armando observaron detenidamente el primer trago de cerveza de aquel novato. Sabían que mueca de amargura aparecería en su rostro, como les ocurrió a ellos con quince años. 


Un español medio se bebe una caña en cuatro minutos. Armando e Iván en dos. “Venga, apúrate, vamos a pedir la segunda ronda”. “A mi pedidme coca cola” susurró Alfredo; mientras apuraba entre suspiros su vaso. “¿Tú estás tonto? Si se va de cañas se bebe cerveza, como mucho vino” le retó Armando


“Tres cañas más, las tres normales” pidió al camarero. Una ronda después Alfredo comenzó a sentir los efluvios del alcohol. Su lengua se despertó de una siesta infinita y empezó a alargar las frases. A interactuar un poquito más con aquellos dos jóvenes bebedores que acababa de conocer. Iván pudo, por fin, usar sus herramientas coach; sobre todo después de pagar la cuenta y finiquitar la velada con el mítico chupito de orujo de hierbas que les regalaban siempre. Alfredo casi muere al tomarlo. Después casi vomita; pero Armando estuvo rápido y le ofreció un vaso de agua al instante. Quedaron con él la semana siguiente.  
Cada día fueron probando un alcohol nuevo. Empezaron con la cerveza, siguieron con la sangría, el tinto de verano, los vinos… 


Cuando creyeron que Alfredo estaba preparado comenzaron a salir por la noche con él y fueron degustando distintos licores: ron, vodka, ginebra…  A la segunda copa empezaban la terapia. Armando se encargaba de volver accesible al paciente e Iván aplicaba en él sus conocimientos de seducción y motivación personal.



Un día, quedaron para hacer botellón cerca de Oporto. Además de Alfredo, Armando e Iván se encontraban Víctor y Nacho. No era un día de terapia normal; era una salida de fiesta con los amigos; una forma de ver si el paciente podía interactuar con gente en una fiesta e integrarse de forma correcta. Iván y Armando, de todas formas, ya habían advertido a sus amigos que Alfredo tenía un problema de timidez extrema. Sabían que hasta la segunda copa no empezaría a hablar. Armando decidió subir la dosis habitual. “Hoy vamos a Jagger muchachos”. “¿Jaggermeister, así, nada más empezar?” se sorprendió Nacho. “Sí, y además a palo seco; hoy tengo ganas de noche”.



Sin saber muy bien cómo, los tragos les llevaron de la lengua hasta una conversación sobre la masturbación. Uno a uno fueron desglosando cómo fue su primera paja, qué sintieron, si alguna vez les habían pillado con las manos en la masa


Alfredo escuchaba en silencio; dando sorbos intermitentes a su cubata. De pronto, se armó de valor y verbalizó en voz alta un sentimiento que le llevaba rondando la cabeza desde el primer trago. “Chicos, yo… tengo que confesaros algo”. Todos callaron. “Dinos, Alfredo, sin miedo” le animó Armando. “Pues… yo… es que…. yo….me hice mi paja este año… hace unos meses….”. Iván miró a sus amigos con complicidad. “Muy bien, Alfredo, lo importante es empezar; más vale tarde que nunca.”
La botella de Jagger siguió mientras subía el tono de la conversación y las carcajadas. De la precocidad sexual de Víctor se pasó a estrafalaria lista de frutas que Iván había utilizado para su propio goce y disfrute. De repente, Alfredo, embriagado y sonriente, a punto de echarse su cuarta copa, tocó el hombro de Armando. 


“Pero… una pregunta…eh…  ¿vosotros os tocáis?” disparó, sin anestesia, a bocajarro. El silencio y la estupefacción inundaron hasta el interior de la botella.


 “Espera un segundo tío, ¿puedes repetir lo que acabas de decir?” dijo Armando, perplejo. “Sí…  claro… que…si vosotros os tocáis cuando os hacéis las pajas…” respondió Alfredo, como si tal cosa. Iván tragó saliva. “Alfredo, ¿tú como te masturbas?” preguntó su coach y mentor. “Pues… yo… me pongo una porno, me bajo los pantalones y… siento algo dentro de mi…que… que sube y… yo me concentro…para que no se me vaya…me concentro mucho….y…y nada, así, con mi mente, lo más concentrado que puedo, hasta que… hasta que al final me corro” respondió triunfal.  



Nadie supo qué decir; lo que acababan de oír había rozado la ciencia ficción en el terreno de las masturbaciones. “Parece un jedi” susurró Víctor. “. “Como Goku super saiyan” musitó Nacho. “¿Podrá hacer como Magneto pero con lefa y pollas?” pensaba Armando.


 Iván, instigado por su labor de enseñanza y motivación digna de los coach, fue el primero en dirigirse a Alfredo. “Lo que haces tú no está mal, eso de masturbarte con la mente; pero… ¿no te gustaría probar como hacemos nosotros? Solo tienes que acariciarte el pene…”. Alfredo ya tenía deberes para el próximo fin de semana. Era un pupilo obediente y ejemplar; siempre hacía sus deberes.
“Bueno, Alfredo, ¿probaste lo que te dijimos?” preguntó Iván, el sábado siguiente, mientras le servía su tercera copa. Esa noche tocaba experimentar con el whiskey. “Joder, sí…  ¡Y es la hostia! Mucho más fácil… ahora… me gusta mucho más, no tengo que concentrarme tanto…y… y me encanta. Gracias por el consejo chicos” respondió eufórico. “Por curiosidad… ¿Cuánto tardas ahora en correrte?” quiso saber Armando. “Buff… pues….muy poco. Tres, cuatro segundos… no sé bien. Es que es genial… tardo poquísimo en correrme”.


 “Ala, ya sabes Míster Coach, ya tienes nuevos deberes que poner a tu discípulo” le susurró al oídio Armando a Iván “que como llegue así a una mujer y se corra en cuanto lo toque, va a pensar que, en vez de Aspergen, tiene el síndrome del correcaminos”.  






lunes, 5 de octubre de 2015

SEXAGERACIONES - CAPÍTULO 5: ORTOLIMPIADA





¡Por fin tenía un día libre! Desde que compaginaba su trabajo como guía turístico con el de recepcionista en el hostel, Paco gozaba de poco tiempo de ocio y disfrute personal. Cierto era que en sus dos profesiones vivía rodeado de alcohol gratuito y mujeres atractivas. Era recepcionista en el turno de noche de un hostel rebosante de guiris mochileras que venían a Madrid buscando un lugar céntrico, barato y fiestero. No tenía más que colocar en el mostrador el cartel de “Estoy abajo en el bar” para dejarse fluir entre copas y risas únicamente interrumpidas por algún check in en las primeras horas o algún check out en las últimas. Su trabajo como guía era incluso mejor. Su labor consistía en llevar a un grupo de extranjeros (la mayoría mujeres) a bares de tapas (donde comía y bebía gratis, por supuesto), ir a un tablao flamenco (donde seguía bebiendo) y terminar de fiesta con ellos, en pleno barrio de Huertas, como guía de un pub crawl donde continuaba disfrutando, sin coste alguno, del alcohol (y también de las respectivas mujeres que llegaban a su boca como consecuencia). Paco era la envidia de sus amigos (y de sus enemigos), no había semana que no terminara en el cuarto de las maletas o en el baño de alguna discoteca echando un “aquí te pillo aquí te mato” con alguna de las muchas extranjeras que pululaban a su alrededor. ¿Qué mujer podía resistirse a dejar escapar un affaire ocasional con el recepcionista del hotel o con el guía?


Durante sus años universitarios solo se había acostado con mujeres españolas. Podría decirse que era un chovinista sexual. Si hay buena calidad en casa, ¿para qué buscar fuera? Sin embargo, su irrupción en el mundo profesional del turismo le había abierto las puertas del paraíso terrenal que habitaba detrás de nuestras fronteras


Alemanas, turcas, colombianas, egipcias, italianas, japonesas…  Un sinfín de posibilidades creció bajo su lengua castiza y sobre su cuerpo sediento de curiosidades. Era increíble observar las diferencias existentes entre aquellas deidades femeninas solo por su lugar de procedencia. La elegancia gala, la sensualidad árabe, la pasión latina. Pero si algo había descubierto en esta vuelta al mundo en ochenta coños, era la agradable sensación del beso anal, seña de identidad del lejano oriente. Daba igual que fueran japonesas, chinas, coreanas… Una vez que se ponían manos a la obra no solo hacían repaso bucal de la polla, sino que bajaban hacia el abismo oscuro que escondían sus dos nalgas predispuestas. La primera vez, eso sí, pegó un respingo cuando vio la lengua de Xue traspasar los límites de lo socialmente aceptable en occidente. Era la primera vez que una mujer llegaba hasta aquellas profundidades, hasta el averno escondido del hombre. Experimentó un agradable cosquilleo parecido, pero aún mejor, al ocasionado cuando le lamían la zona del perineo, pero también sintió una especia de vergüenza producida por sus prejuicios sobre aquella parte del cuerpo tan poco popular debido a su cometido habitual de descarga. ¿Tendría todo limpio por allí adentro? Sería lamentable que aquella pobre china sacara su lengua teñida de impurezas. Gracias a Dios salió todo bien y, a partir de ese momento, Paco se preocupó más que nunca por su higiene íntima y comenzó a depilarse aquella zona tan poco cuidada estéticamente.
No era para menos; Paco había descubierto su adicción al beso negro. Los polvos corrientes empezaron a parecerle insuficientes, a no tener gracia. Todos los días, al iniciar su turno de trabajo, Paco observaba minuciosamente el listado de camas para ver cuántas clientas orientales se alojaban esa noche y en qué habitación estaban. Cuando salía de fiesta ocurría algo parecido: ya solo prestaba atención a las pocas japonesas y coreanas que hacían el pub crawl. Su jefa de los tours llegó a llamarle la atención al respecto. “Antes se notaba que dejabas un poco de lado a los hombres, que lo que más te importaba era ligar; pero bueno, no era tan evidente como ahora. Siempre tenías buenos comentarios y caías muy bien a la gente. Pero ahora pasas de todo el mundo; solo hablas cuando vienen asiáticas”. Ella no podía entenderlo; ni su jefa, ni sus amigos, ni sus compañeros de trabajo.


A ninguno de ellos le habían chupado el ojete de esa manera. Era como si las orientales fueran a una universidad de prácticas orales para especializarse en ese arte tan sumamente placentero. Comenzó a dejar de follar. Follar era una pérdida de tiempo comparado con el beso negro. Como no había asiáticas suficientes empezó a frecuentar locales de prostitución donde ofertaran estos servicios.


El problema era el dinero. Aunque tuviera dos trabajos no podía costearse una vida así. Tuvo que pedir dinero prestado a sus padres. Debía pensar algo; una solución económica para remediar su voraz apetito buco-anal.
Le vino a la mente irse a Japón, o a Corea, a vivir, a probar fortuna; buscó trabajo, posibilidades de alojamiento, vuelos baratos…. Pero los costes eran demasiado altos y las ofertas de empleo poco esperanzadoras. Además no hablaba ni una palabra de aquellas lenguas infernales. Él lo único que quería era que las lenguas inundaran su orto cuidado y consentido. Era descabellado ir al lugar de origen de aquellas maestras del lenguaje anal; ¿qué hacer entonces? Decidió, entonces, probar con lo opuesto.

Si Mahoma no va a la montaña, que el desierto aprenda a ser montaña gracias a Mahoma. ¿Por qué no podían las españolas depurar la técnica del beso anal como lo hacían las asiáticas? 


Solo hacía falta paciencia, ir despacito, un poco de alcohol y ser agradecido. Le pareció que la mejor forma de empezar a orientalizar españolas era con aquellas que fueran más fáciles de llevar a la cama o más liberales en las artes amatorias.
Sabía que la compañera de piso de su amigo Armando le tenía ganas desde hace tiempo. Paco se había liado con ella un par de veces, en el hostel, cuando no había nada mejor al alcance de la polla, y había conseguido un par de mamadas furtivas en el baño. No quería más. Marta no le excitaba en exceso; pero era dócil, pusilánime, una buena forma de comenzar su nueva aventura sexual. La invitó a cenar a casa, directamente. Ella acudió, encantada, elegante, dispuesta a agradecer a Paco aquel detalle que tanto le había sorprendido. La velada transcurrió según lo previsto. Tras el postre vinieron las copas de rigor y de ahí pasaron a la cama. Paco estaba nervioso; no paraba de pensar en el momento de plantar su culo en la boca de Marta. Se demoró en los preliminares más tiempo de lo habitual. Normalmente iba al grano y muy pocas veces bajaba al pilón. Esta vez sí, quería hacer una buena labor para que después, su amante, le correspondiera como era debido.


Comenzó a pasar su lengua por los labios mayores, lentamente. Luego siguió con los menores, mientras humedecía el clítoris creciente a un ritmo pausado pero constante. El botón mágico de Marta palpitaba, quería más. Empezó a succionarlo, mientras introducía su dedo índice en aquella cavidad húmeda y caliente.


Estaba excitadísima; ella no paraba de gemir, él, continuaba con su labor, metódico y concentrado, pensando en el premio que vendría después. Poco a poco, Paco comenzó a girar su cuerpo; pasó por encima de la pierna izquierda de Marta mientras seguía lamiendo y succionando. Milímetro a milímetro, reptando sobre las sábanas, pasó de estar entre las piernas de Marta, a ubicarse en paralelo a su compañera pero del revés. La boca de él, a duras penas, seguía dando alegrías a aquel coño mojado y exultante, mientras que la boca de ella, se encontró de pronto con la polla erecta de Paco. El joven estratega había mudado de la típica posición del cunnilingus, a la archiconocida del sesenta y nueve. Marta se engulló encantada aquella tranca esplendorosa y esbelta. Siguieron dándose placer recíprocamente durante algunos minutos. Paco sintió que el coño de su compañera estaba a punto de explotar. El orgasmo se mascaba en el ambiente; era el momento oportuno. De pronto, se dejó caer hacia delante, como si las manos, sudorosas,  hubieran cedido sobre las sábanas mojadas. Su cabeza siguió chupando entre las piernas de Marta, eso sin duda; debía tenerla al borde del clímax si quería mantener intactas las posibilidades buco-anales. Ella esperó, unos segundos, mientras su vagina disfrutaba de la lengua veloz y despiadada de Paco. Ahora mismo no le importaba nada; le daba igual dónde estuviera la polla de su amante; solo quería correrse. De improviso, Paco, descendió su trasero hasta colocarlo estratégicamente sobre la boca de Marta. Ella se sorprendió, un poco, pero siguió concentrada en su propia placer. Estaba a punto de llegar al clímax; ¿qué más le daba tener sobre su cara un perfumado y depilado trasero que le impedía ver el techo? Paco ralentizó la velocidad de su lengua; bajo el ritmo.


No podía dejar que ella se corriera sin haberle chupado el culo. Deslizó su cadera hacia la boca de ella, aprisionándola contra su ano impaciente. La asfixia provocada por aquella sádica posición excitó aún más a Marta. Su aliento se colaba, entrecortado, por el orto de Paco. Un aullido ahogado escapó de sus labios mientras daba su primer lametazo.


Ella gimió de placer, mientras deslizaba su lengua por aquel cuidado ano. Él gimió de alegría; mientras contraía el recto rítmicamente. Cuando Paco sintió el semen agolpado en su glande, volvió a introducir la polla en la obediente boca de Marta. La felicidad salió a borbotones, densa y caliente. La felicidad por haber logrado su objetivo.
A partir de ese día Paco no volvió a follar con ninguna asiática. Las españolas tenían más curvas, los ojos más bonitos y hablaban su idioma. Además, ahora, también sabían hacer ortolimpiadas. Si Mahoma no va a la montaña…     



jueves, 1 de octubre de 2015

SEXAGERACIONES - CAPÍTULO 4: EL VIRGEN CON LA NIÑA








Jesús miraba el cuadro de La virgen con el niño. Uno de los millones de cuadros que poseen el mismo título; el único que existe en su habitación. Se lo regaló su madre cuando hizo la primera comunión y aún lo conservaba.


Se abotonó la camisa nueva que se había comprado para la ocasión mientras observaba aquel niño que se llamaba como él. Debía tener fe. Aquella noche podía romper su sequía de una vez por todas. Tenía casi treinta años y aún era virgen.


No entendía muy bien por qué; gente mucho más fea y más tonta que él se hinchaba a follar sin apenas esfuerzo. “Es cuestión de actitud, Jesús” le repetía siempre su amigo Armando. Él sí era un fuera de serie con las mujeres. Sin ser especialmente guapo ni tener un cuerpo atlético, se había rodeado siempre de féminas atractivas e inteligentes. Achacaba su fortuna a la labia; una labia que en Jesús brillaba por su ausencia. Armando era el clavo ardiendo al que se aferraba Jesús para intentar perder su virginidad antes de los treinta. Además de las numerosas amigas y ex amantes que tenía en su agenda, Armando trabajaba en la recepción de un hostel. Un hostel en el que día sí y día también había cientos de extranjeras pululando por rincones y pasillos.

Con un bar low cost, además, en la planta de abajo; para que la gente pudiera embriagarse económicamente sin tener que salir fuera. El vicio al alcance de la mano. Una pasarela de bellezas del mundo que era un espectáculo para cualquiera de los cinco sentidos.

Todos los amigos de Armando iban allí a follar. Y todos, al menos una vez, habían mojado el churro… menos Jesús. ¡Y mira que lo intentaba el chaval!
Aquella noche, Armando le había dicho que llevaba a una chica especialmente para él. Una amiga suya fotógrafa, bisexual y muy erótica. “A esta le da igual la carne o el pescao, lo que le va es el mambo”. “Genial, a ver si hay química entre los dos, entonces…”. “Jesús, ni química ni hostias; tú te pones con ella a saco y no la dejes escapar. Que beba, que beba mucho; siempre que se vaya al baño aprovecha y le pides otra copa. Y háblale de cosas cultas, que vea que eres un tío interesante. Cine, fotografía, pintura… “ le aconsejó Armando. “Ya, pero… habrá más tíos por el hostel, si mi problema es la competencia…” se excusó Jesús. “Tú no te preocupes por los demás, voy a avisar a to Dios que esa tía es pa ti, y punto. Tú a lo tuyo, que yo me encargo del resto, a ver si follas de una puta vez”.

La noche transcurrió según lo previsto. Cuando cerró el bar aún había cubatas medio llenos sobre las mesas y besos embriagados danzando entre las sillas a apunto de encontrarse con bocas pasajeras.

Jesús seguía en la misma esquina de la barra donde Armando lo había dejado, conversando con Sara. Era su cuarta ronda y los dos ya iban contentillos. La gente, poco a poco, fue abandonando el lugar y Armando subió a la recepción, a intentar hacer en un par de horas lo que tenía que haber hecho en su jornada laboral de ocho. Jesús no sabía qué hacer. Sara ascendió por las escaleras y se postró ante el mostrador de recepción, orgullosa de su escote. No era ningún secreto que quería follarse a Armando. Esa noche y todas las anteriores; lo deseaba desde el día que lo conoció, en un taller de fotografía. Pero él siempre andaba ocupado, si no con una brasileña con una turca; Sara sabía que tenía muy pocas posibilidades de liarse con Armando, pero ella siempre lo intentaba, por si acaso. Se quedó en silencio, apoyada en el mostrador, viendo cómo el recepcionista tecleaba veloz e iba metiendo reservas.
 “¿Te queda mucho para terminar?”. “Sí, hasta las ocho que me vaya estoy a tope”. Jesús, mientras tanto, había llegado a la recepción, por inercia, y aguardaba callado y pusilánime, al lado de Sara; sin saber muy bien qué hacer. Armando dejó de teclear, de pronto, y levantó la vista. “¿Qué coño hacéis ahí, como dos pasmarotes?; ¡ya te he dicho que tengo que trabajar!”. “Ya bueno, pero el bar está cerrado… ¿no podemos quedarnos un ratito aquí contigo?” contestó Sara intentando poner voz sensual.

“Vamos a ver, son las seis de la mañana, el metro ya está abierto; es hora de irse a casa a dormir o de irse a cualquier sitio a follar. ¿Qué preferís hacer?” dijo Armando con sequedad.

Jesús miró a Sara, nervioso. Ella se encaramó aún más al mostrador, presumiendo de escote y susurró “Sabes que yo siempre soy de follar, pero me van más los tríos, las camas redondas, la multitud, vamos…”. “Pues aquí no hay multitud que valga; tienes a Jesús y fuera”. “¿Y hay alguna habitación libre?; siempre podemos empezar nosotros y tú cuando termines el turno te unes…” propuso Sara. Armando echó un rápido vistazo a la pantalla. “Fuck! No hay ni un puto cuarto libre, sin gente”. “Bueno, a mi no me importa que haya clientes, más divertido…”. “Que no Sara, ni de coña. Id para abajo, al bar, que ahora no hay nadie, y está a oscuras…”. “Sí, claro; el bar que sale justo en esa cámara que tienes detrás. Pa que nos vea todo el mundo…”. A pesar del vicio que le caracterizaba, Sara no estaba muy por la labor de follar en esas circunstancias. Jesús callaba, desesperanzado, viendo cómo estaba un día más cerca de sus treinta años y seguía siendo virgen. Armando debía hacer algo pronto si quería sacar a flote ese polvo deshilachado.
Pensó en lo último que había dicho Sara. Vio la cámara que tenía en recepción para vigilar el bar. También el resto de cámaras: pasillos, recepción, entrada…  Un recepcionista era un voayeur en toda regla. Y entonces le vino la idea. “¿Sabes una cosa, Sara?; ¿sabes lo que nunca he hecho con nadie y me encantaría hacer?”. “¿El qué?” preguntó curiosa. “Ser voayeur de una pareja mientras están follando. Me excitaría un huevo ver cómo os lo montáis tú y Jesús”. “¿En serio?”. “Mazo. Lo mismo hasta me uniría después y todo”. El plan surtió efecto. Cinco minutos más tarde Sara lanzaba a Jesús contra el sofá situado en la sala de estar, justo detrás de la recepción. Ella se sentó a horcajadas sobre él y empezó a comerle la boca. Armando observaba todo, satisfecho, sobre su silla giratoria, a un par de metros de distancia. De vez en cuando Sara giraba la cabeza, para confirmar que el recepcionista seguía allí, disfrutando del espectáculo. “¿Te gusta?, ¿te estás excitando?” preguntó, entre besos. “Sí, sí, seguid así” les animaba. “Ven, acércate, y así nos ves mejor”. Armando se levantó y fue hacia ellos. Jesús estaba muy nervioso; parecía que temblaba.

Era difícil que una mujer como Sara se excitara con un mochuelo acobardado como aquel. Tenía que intervenir si quería que aquellas ascuas exiguas avivaran y calentaran algo más que los cojines del sofá. Se colocó a escasos centímetros de la oreja de Sara. Una retahíla de guarradas comenzó a desfilar entre la boca y el oído.

Sabía que eso le gustaba. Jesús estaba atemorizado, no sabía qué hacía Armando allí, tan cerca, tan participativo. ¿Querría unirse de verdad?; ¿sería posible perder la virginidad haciendo un trío?
La idea de excitar a Sara funcionó de maravilla. Tomó las riendas de la situación de inmediato matando el nerviosismo de Jesús con somníferos muerdos en el cuello. Su inexperta polla, dormida hasta ese momento, presa del pánico, empezó a tomar forma poco a poco. Con esa presión bajo las ingles el coño de Sara pudo sonreír abiertamente. 

Parecía que ya era todo coser y follar. Jesús, animado por su pueril excitación, se envalentonó palpando la espalda de Sara, intentando encontrar un sujetador en búsqueda y captura. Armando contemplaba la escena, sonriente. Apartó aquel enjambre de dedos temblorosos de un manotazo y, con la habilidad de alguien de su especie, desabrochó el sujetador en apenas un segundo. En un abrir y cerrar de manos aquellos senos descubiertos fueron de nuevo tapados por la avidez del deseo.   

De pronto se oyó el ascensor. Armando corrió hacia la recepción, tenía un check out. Recogió las llaves de los clientes mientras los jadeos de sus dos amigos iban en un aumento. Debía sacarlos de allí; en unos minutos la recepción se llenaría de madrugadores clientes con ganas de desayunar. Pero Jesús también quería desayunar, quería probar el sagrado néctar femenino por primera vez en su vida. Y Armando solo tenía una opción para ayudarlo: el cuarto de las maletas. Abrió aquel cuartucho, ínfimo y maloliente, y apartó como pudo todas las maletas contra las paredes. Quedó un hueco reducido pero válido para un polvo de pocos minutos. Cubrió el suelo con un par de toallas y fue hacia el sofá. “Chicos, va a empezar a venir tol mundo. Os he encontrado un sitio mejor. Venid”. Jesús miró horrorizado aquel cuchitril donde su amigo y mentor pretendía que perdiera la virginidad. “Pero, pero…. ¿aquí?”. Armando lo tiró al suelo. “Venga, no me seas tiquismiquis, joder”. Detrás de Jesús fue Sara, que también replicó. “Pero… ¿tú no vienes?, dijiste que te unirías después… “. “Claro, y voy a unirme luego; pero ahora tengo que seguir metiendo reservas. Id entrando en calor que yo enseguida vengo”. Armando cerró la puerta con llave, se sentó en la recepción y buscó en youtube “canciones para hacer el amor”. De vez en cuando se levantaba y pegaba la oreja en la puerta, por si oía algo. El lugar era angosto y no quería que se asfixiaran allí dentro por su culpa.
A las ocho menos cuarto abrió la puerta. Los dos yacían tendidos en el suelo, exhaustos. Jesús estaba más rosado de lo normal. Con los pantalones bajados a la altura de las rodillas, sudoroso. Sara, completamente despeinada, no pudo ocultar una densa gota blanca que colgaba de la comisura de sus labios. “Anda que… ¡vaya cuadro!” exclamó Armando, satisfecho con su estratagema. Un cuadro inolvidable, sin duda; sobre todo para ellos. El único que se titula así en el mundo: El virgen con la niña.                               



lunes, 21 de septiembre de 2015

SEXAGERACIONES - CAPÍTULO 3: DE PRÁCTICAS





¿Quién no ha tenido relaciones sexuales en algún rincón, pasillo, aula o esquina de la universidad? Desde hace algunos años, las facultades son nidos de orgasmos, laberintos de besos, enjambres de caricias y mordiscos.



Se aprende más de las lenguas de los alumnos que de las bocas de los profesores. Como dijo el poeta “y entre tangas y entre piernas / aprendí más que con libros”. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce ni semen todo lo que gotea; y aún existen personas que llegan vírgenes a la universidad. 



Gulce fue una de tantas mujeres que arribaron a las aulas orgullosas de su castidad. No tenía prisa alguna por desflorar su tesoro inmaculado. Lucía una moderna nacionalidad alemana salpimentada por su exótico origen turco. Era bella hasta decir basta; pero también tímida hasta no decir nada. Creyente y practicante por tradición familiar, comenzó sus estudios de psicología en su Berlín natal.


Alumna brillante de calificaciones exquisitas; llegó a su último año conservando un prometedor porvenir y una virginidad intacta. Por supuesto que se había besado con varios muchachos; y también se había excitado hasta ahogarse entre suspiros, y había echado de menos el calor de un cuerpo, incluso, había cometido actos impuros guiada por el deseo y la avaricia de la carne; pero nunca había profundizado tanto en ningún hombre como para hacerlo acreedor, dueño y señor de su flor enjaulada.


En ese último curso de la carrera le brindaron una oportunidad única: ir un año a Colombia. Gulce podría finalizar sus estudios en el reino de la cocaína y el café mientras perfeccionaba la lengua española. Dijo que sí sin pensárselo dos veces. 

Llegó nerviosa y expectante al país latinoamericano. Había oído demasiadas leyendas en su cuadriculado país de origen. Sus padres intentaron convencerla hasta el último minuto para que no fuera tan lejos, a un país más violento y menos desarrollado que el suyo; pero Gulce necesitaba salir del nido, viajar, conocer mundo. Se adaptó rápidamente a aquel lugar soleado de gentes soleadas. Amables y serviciales; pronto se aclimató a las costumbres y la comida; dejando de lado la frialdad que solían compartir personas y clima en Alemania. En Colombia existía un caos que llegaba a ser agradable. No tenía problema con nadie; la gente era pobre pero compartía todo lo que tenía; un pueblo sencillo para una vida ausente de lujos y preocupaciones. El peligro estaba a la orden del día. Pero solo coexistía agazapado; sin llegar a salpicarla. Pronto formó un grupo de amigos en la facultad y cada semana le salía un nuevo pretendiente. Comenzó a hacer prácticas, dos horas diarias, en el S.A.P. (servicio de atención psicológica de la Universidad). Allí trabajó bajo las órdenes de Wilson, un atractivo especialista en autismo infantil. Desde el primer momento saltaron chispas entre la turco-germana y el colombiano. Ella admiraba su profesionalidad, sus publicaciones en revistas especializadas, todos los estudios que había realizado, a pesar de su juventud, en el campo del autismo enfocándose siempre en los más pequeños. Gulce adoraba a los niños y aquel hombre parecía una madre encerrada bajo el fornido cuerpo de un jugador de rugby. Era fuerte, alto, varonil, moreno; un hombre hecho y derecho; con seguridad, con garra. Pero también era comprensivo, atento, servicial, amable. Lo tenía todo. 

Un día Wilson le dijo a Gulce que aguardara unos minutos en la sala de espera, que iba a salir pronto. Así podría acompañarla hasta su residencia y conversar sobre las prácticas. Veinte minutos después le hizo pasar a su consulta. Fue a por un par de cafés y estuvieron toda la tarde charlando. Se quedaron allí dentro hasta que se fueron todos. La facultad quedó sumida en la solemnidad de la oscuridad y el silencio. Ellos seguían en la consulta del joven psicólogo, cada vez más cerca el uno del otro, a pesar del escritorio que les separaba, alumbrados levemente por un flexo. La tensión sexual podía mascarse desde Berlín; la estaban sintiendo hasta los padres de Gulce. 


Quizá los dos esperaban aquel momento con el ansia de un niño el día de Navidad. Pero aquí los regalos vinieron en forma de besos consentidos y estrategias sin sentido aparente. Los impulsos fluyeron mezclados con la saliva del otro.


Wilson cerró la puerta con llave y apagó la poca luz que quedaba con vida. Gulce se estremeció, inquieta; placenteramente impaciente. Él se levantó, de pronto, y la empotró contra la pared, sujetándola de la coleta con su mano diestra. Los dos pantalones se dejaron caer y los cuerpos se dejaron mover al ritmo del deseo. 

Wilson la penetró desde atrás.


Se sintió como una gallina sesgada por el ímpetu viril del gallo; aquella gallina violada que vio horrorizada en su infancia y le hizo creer que el sexo era algo salvaje y doloroso, propio de animales. Comenzó a jadear, a gemir, a aullar. Su humanidad se había desprendido con las bragas y descansaba sobre el suelo. Ahora ella era también un animal; un animal salvaje, herido, en celo.


De pronto, Gulce escuchó pasos en el pasillo; alguien subía por las escaleras. Wilson no escuchó nada o no quiso escuchar. Pero la realidad no se desvanece a pesar de la ignorancia. El peligro está ahí, aunque no se reconozca. 

Una cabeza apareció, de improviso, en la ventanita de la puerta. “¿Hay alguien ahí?” gruñó mientras alumbraba con su linterna. Los amantes fugitivos intentaron esconderse pero la obviedad de la situación era tan fuerte como la indignación del vigilante de seguridad. “Sí, sí… perdone por no avisar; ya nos íbamos” soltó Wilson con un hilillo de voz. Se vistieron rápidamente y abrieron la puerta. Gulce estaba tan avergonzada que no podía levantar la vista del suelo. Su cara estaba tan roja como la camisa blanca de Wilson. El vigilante, malhumorado, los acompañó hasta la salida. Era un cuadro demasiado perfecto para dejar lugar a dudas: un psicólogo de allí y una chica en prácticas, extranjera, saliendo de la oscuridad de la consulta, con los rostros cubiertos de vergüenza y la camisa de él coloreada de sangre. 

A la semana siguiente, Wilson quiso quedarse un par de horas más con tres compañeros para preparar un seminario sobre autismo que iba a celebrarse en Medellín. El vigilante subió de inmediato y les dijo que debían marcharse. “No está permitido quedarse después de las ocho de la tarde. Hay gente que da al S.A.P. otros usos además de los indicados”. Los cuatro amigos tuvieron que acercarse a un bar cercano para trabajar sobre la conferencia. Wilson, al principio, estaba asustado; temía que hubiera represalias contra él y pudiera perder su empleo. Las cervezas le ayudaron a relajarse. Entre risas y tragos, la conversación llegó hasta la nueva prohibición de no poder permanecer en el S.A.P. más tarde de las ocho. “¿Qué habrá querido decir el vigilante?” preguntó Wilson inocentemente. Las cervezas dieron lugar a las confesiones, y, de los cuatro psicólogos, Wilson se percató de que había sido el último en usar la consulta como picadero y tan solo una única vez. “Pero entonces, ustedes también…“ susurró. “Marica, yo he tenido más sexo en el S.A.P. que en mi propia casa” soltó el más veterano. Todos rieron y Wilson suspiró aliviado. Después de sentirse como un perturbado con su estudiante en prácticas, a la cual había robado su virginidad en la penumbra pecaminosa de su consulta, ahora parecía, incluso, que era un mojigato si se comparaba con sus compañeros de profesión. Escribió un mensaje a Gulce para invitarle a cenar al día siguiente en el restaurante más caro de la ciudad. “En el fondo soy un romántico” pensó. “Debe sentirse especial esta mujer, pues solo con ella he mancillado mi consulta.¿Me gustará de verdad?”. En el país de los ciegos, el tuerto es el rey.



lunes, 14 de septiembre de 2015

SEXAGERACIONES - CAPÍTULO 2: S.O.S.







“Ven, sube, tengo una sorpresa para ti”. Marina se metió en la parte trasera del coche. Armando la esperaba allí con un ramo de flores y la mejor de sus sonrisas. “¿Pensabas que se me había olvidado?”. Se comieron a besos mientras Iván, el mejor amigo de él, arrancaba el vehículo rumbo a su chalet; un fabuloso picadero al que llevaba a todas sus conquistas nocturnas y que, esta vez, iba a servirle como regalo de aniversario a su mejor amigo. Pero antes debían pasar por casa de Tatiana, una atractiva venezolana que había conocido en el Palacio de Gaviria.


Nada más verla, bailando, provocativa, en mitad de la sala, Iván se había enamorado de ella todo lo que se puede enamorar un hombre que no cree en el amor. Se estuvieron devorando con los ojos para después rebañar las migajas de sus cuerpos con la boca.


 Cerró la discoteca y se abrió la incertidumbre del después. Iván estaba obnubilado con aquella sensualidad latina, no quería precipitarse. Decidieron darse los móviles y una oportunidad para algo más precedida de una llamada al día siguiente. Tatiana se despidió de él con un tierno beso en la mejilla y un “se me quedó corta la noche; espero saber pronto de ti” que significaba algo más en un idioma que Iván aún no llegaba a entender a sus veinte años.


Tatiana tenía tres años más que él en el pasaporte y una docena más entre sus piernas; hablaba lenguas que un hombre no es capaz de comprender hasta bien entrado en años.


A la mañana siguiente Iván llamó a su mejor amigo para contarle todo. “Esta piba me encanta, tío. No puedo dejar de pensar en ella. Es que cuando la veas vas a flipar. Da un morbo… ”. “¿Pero por qué no te la follaste?, ¿se lo propusiste?, ¿no dices que es una calentona?, ¿que casi te hace una paja allí mismo?” interrogó Armando. “Ya tío, pero… no sé… se notaba que quería ir despacio, y yo no quería cagarla; es que… bufff parecía de revista, tío. Me la casqué nada más llegar a casa de lo cachondo que estaba”. “¡Qué leche más mal aprovechada, macho!, con lo que le hubiera gustado a la venezolana que fuera su desayuno…jajajaja” bromeó Armando. “Joder, tío, qué cerdo eres. Ya te he dicho que esta piba no es como las demás, que quiero ir despacio, que vea que me importa…”. “Pero cabrón lo que te importa de ella es su coño; lo que pasa es que está mucho más buena que otras, por eso estás to acojonao…”. “Bueno… quizá…”. “Tú deja al tito Armando, que te va a armar un plan irresistible. Además, de paso, mato dos pájaros de un tiró”. 



Cuando llegaron al chalet eran las seis de la tarde. Bajaron del coche los cuatro; Iván quería aprovechar para ir al baño y enseñar su humilde morada a Tatiana, para que fuera abriendo apetito para futuras ocasiones. “Recuerda, a las once vuelvo para recogeros y llevar a Marina de vuelta a casa” le dijo a Armando. “Sí, sí, de putísima madre. Mil gracias. Tú disfruta del cine y todo lo demás. Luego me cuentas qué tal”. Pero no hubo cine con Tatiana. No hubo cine, ni compras, ni cena… La triple C que, supuestamente, tanto gustaba a las mujeres no tenía cabida en aquella explosiva venezolana. Desde que habían salido del chalet se mostraba mustia y esquiva. No le apetecía hacer nada; deambulaba silenciosa y cortante por aquel centro comercial situado a solo diez minutos del chalet. Iván empezaba a exasperarse. “Joder… como tenga que estar cinco horas con esta así me muero… “. El plan de Armando estaba haciendo aguas por completo. “¿Sabes? Este es el centro comercial más grande de todo Madrid. Parece una pequeña ciudad; aquí se puede hacer de todo. Hay hasta una pista de esquí…”. “No creo que aquí se pueda hacer de todo” respondió ella, secamente. “Bueno, vamos a probar; ¿qué es lo que quieres hacer?” preguntó Iván esperanzado. Ella se paró, de pronto, y le miró con frialdad a los ojos. “¿Pero tú eres tonto o qué?; ¿no sabes por qué narices he quedado hoy contigo?; ¿para qué carajo estoy aquí, en el culo del mundo, lejos de mi casa?; ya que ayer me dejaste con todo el calentón y no hicimos nada pensaba que hoy, por fin, querrías coger conmigo, follarme, penetrarme durante una tarde entera de sexo; pero me llegas y me dices que tienes un plan perfecto para hoy; vamos a tu chalet, y yo emocionada, estuve a punto de quitarme el tanga nada más entrar y todo; pero luego… ¿dejamos allí a tu amigo y a su novia, y nosotros nos venimos aquí, al centro comercial, a hacer el idiota?, ¿a esperar a que ellos disfruten mientras que tú quieres entretenerme llevándome de compras o viendo una puta película?. Para eso ya tengo amigas; yo lo que quiero es tu pija; tu pene, tu rabo, tu polla. ¿Lo has entendido?”


Diez minutos después, Iván y Tatiana estaban en el chalet, de nuevo, follando como conejos. Armando y Marina no se habían percatado de su presencia, celebrando, como estaban, su aniversario, entre sudor y jadeos. Una vez más, el chalet de Iván convertido en templo del placer y la lujuria.


Tatiana era la mujer más impresionante que había visto Iván en su vida; tanto vestida como desnuda. Era como follar con una modelo, una prostituta de lujo, una actriz famosa. A pesar de todas las artimañas usadas para intentar retardar su eyaculación (pensar en su abuela cagando, en el Fari comiendo limones o en Esperanza Aguirre presidiendo) no pudo aguantar más de cinco minutos en su primer polvo. Tatiana estaba desbocada e Iván bajó al pilón, para que su lengua cumpliera lo que no pudo cumplir su aparato reproductor masculino. Entre sus piernas se convirtió en donante de orgasmos hasta que el cansancio le hizo parar.


Necesitaba un respiro para él y un tonificador para su lengua. Fue a la cocina, a por algo de beber, más por alejarse de aquella tigresa insaciable que por sed. Volvió con un par de cervezas. Tatiana seguía desnuda, sobre la cama, en la misma posición que la había dejado; con las piernas bien abiertas, ofreciendo su concha al primer postor que osara aguantar su ritmo.


Poco podía hacer Iván ante aquel regalo del destino hecho mujer; pegó un buen trago de cerveza a la lata y se arrodilló. Quería volver a degustar ese apetitoso manjar antes de penetrarla de nuevo. Cumplió como el galán que era; estaba seguro de que la había dejado satisfecha. Esta vez sí. Fue al baño; feliz; orgulloso de sí mismo. 

Cuando volvió, Tatiana estaba haciéndose un porro. “¿Fumas?” le preguntó ella a él, sin levantar los ojos ni del papel ni de la marihuana. “Bueno…de vez en cuando”. Tatiana lo encendió y le dio un par de caladas. “Eres de las que les gusta el cigarrito de después, ¿no?” dijo Iván. “¿De después?; ¿crees que ya hemos terminado?; esto es el porrito de entre medias, aún nos queda mucha noche” le susurró ella mientras sus labios engullían el glande por completo en la suave oscuridad de su boca. 

Iván aguantó dos polvos más; cada vez con descansos más largos y más sorbos y caladas entre medias. La cerveza y la marihuana comenzaban a hacer mayor efecto en un cuerpo cada más destrozado por el esfuerzo titánico al que Tatiana le condenaba.


Como su pene, en ocasiones, no podía con todo, Iván tiró de lengua, dedos, manos, piernas. Su cuerpo entero al servicio de aquella dama enferma de gula y lujuria. Hasta usó su nariz, una vez, para provocarle un orgasmo que se antojaba el último. Ella había gemido más de cien veces y en la casa no quedaban más preservativos.


“Pregúntale a Armando, seguro que tiene” rugió ella. “Marina toma la píldora, Armando no tiene ni de coña” le respondió Iván aliviado. “Yo necesito más, de verdad; como sea” dijo Tatiana inclinándose, voraz, sobre su pene. Estaba arrugadito, hecho una bolita, con el glande enroscado entre los huevos; como una de tortuga que no quiere salir del caparazón. Aquella polla, blanda e indefensa, parecía una cría de cualquier animal durmiendo al amparo de su madre.


Tatiana se la comió entera; como un depredador exento de instinto maternal; en un solo bocado, se metió aquel pedacito de carne en sus fauces; pene y testículos engullidos por la avaricia de una ninfómana. Comenzó a jugar con aquel ser que se desperezaba dentro de su boca. Su lengua era el mejor despertador para la perezosa polla de su amante. A los tres minutos se la sacó de la boca dura y resplandeciente.


Sonrió a Iván, con malicia, y en un abrir y cerrar de piernas, introdujo aquel pene inhiesto en su hambrienta vagina. “¡No, no, no!, ¿qué haces?, ¡sin preservativo no!” gritó Iván. “No pasa nada, tonto, te corres fuera y ya está” dijo Tatiana con dulzura. “Que no, que no… que mi madre me mata”. “Vamos a ver… no estoy ovulando, no hay peligro alguno. Y podemos sentir más los dos. Venga…”. Iván se levantó de un salto de la cama; asustado. Todo su cuerpo estaba seguro de lo que tenía que hacer; todo su cuerpo menos su polla, que aún seguía dura. “Puto pene, siempre se rebela en los peores momentos” pensó, mientras se acercaba a sus calzoncillos, tirados bajo la mesilla. Tatiana, rápidamente, se puso entre la cama y la pared, completamente desnuda. “Deja esos bóxer donde estaban; es mejor que me complazcas, al menos una vez más, si quieres salir ileso de este cuarto”. Iván la observó en silencio, aterrorizado. Aquella deidad caribeña poseía un imán que hacía que su pene lo arrastrara hacia ella. Tatiana, lo recibió con los brazos abiertos; comenzó a acariciar a Iván, a besarlo, a lamerle el cuello, a palparle la espalda; a frotar con su juguetona vulva aquel pene que, oponiéndose a su dueño, requería una última cena de despedida. 

Se arrodilló y comenzó a hacerle una mamada como sólo había visto Iván en películas para adultos. Cuando sintió que su polla estaba a punto de reventar de placer, Tatiana se levantó, de pronto, y empujó a Iván, tirándolo a la cama. Se lanzó sobre él, y con la agilidad de una felina en celo, ató sus dos manos al cabecero ayudándose con las sábanas.


Ella, reina y señora de aquel cuerpo tembloroso, se puso mirando hacia la puerta, poniendo su majestuoso culo en la cara de aquel amante asustadizo. La boca de Iván empezó a lamer aquel coño como si no hubiera mañana, mientras ella succionaba el pene de él con suavidad y ternura; manteniéndolo a tono, pero sin que se llegara a eyacular.


Ella se corrió en cinco minutos. Después se sentó a horcajadas sobre él, con su vientre rozando el rabo de Iván. Le puso una teta en la boca. Luego la otra; mientras sostenía con fuerza la base del pene y lo acariciaba de arriba a abajo. Tatiana lo dejó, otra vez, a punto de correrse. Volvió a ponerse mirando hacia la puerta; esta vez con toda su parte delantera echada hacia delante, poniendo el peso de su cuerpo sobre las piernas de Iván. Quería inmovilizarlo, para la prueba final; la penetración. De repente agarró el pené y se lo metió en aquella jugosa y cálida vagina. Nadie en el bendito mundo podía decir que no a aquella agradable sensación de bienestar y confort. Pero la voz psicosomática de su madre y la paranoia de la marihuana hicieron mella en la cabeza de Iván. “¡No, no, no!” gritó, inútilmente. Aprovechando que Tatiana no lo veía, alargó su atada mano derecha, lo más que pudo, hacia la mesilla de noche, donde descansaba su móvil. Tras unos segundos de silencioso dolor consiguió cogerlo. Su pene, díscolo, disfrutaba con Tatiana, y sabía que disponía de unos pocos minutos antes de la gran eyaculación. Tenía que evitar como sea correrse dentro de ese súcubo. Envió un mensaje de texto a Armando; era el único que podía salvarlo en aquel momento. “SOS. Ven ya a mi cuarto. Di lo que quieras, sácame de aquí”. Tres minutos después Armando, en calzoncillos, irrumpía en el cuarto. Justo a tiempo. “Hola, chicos…” comenzó a decir sin saber muy bien qué hacer. Tatiana le echó una mirada fulminante. Se hizo a un lado, y se escurrió entre las sábanas, para que aquel entrometido no viera más partes de su cuerpo de las que ya había visto. “¿Qué pasa, Armando?, ¿algún problema?” le preguntó Iván, mientras su mirada le agradecía infinitamente su aparición divina. “Bueno… pues… sí…. resulta que la madre de Marina le ha llamado y… tenemos que salir pitando de aquí, tiene que estar en casa en veinte minutos; así que…”.


“Claro, claro, por supuesto; yo os dije que la acercaba a casa y la acerco a casa” respondió Iván, aliviado. “Eso sí, ¿te importaría desatarme antes de irte de la habitación, por favor? Y ya de paso, si me ayudas a vestirme, también te lo agradecería…”.


Cinco minutos después, el coche de Iván sobrevolaba las carreteras de Madrid, rumbo a Príncipe Pío. Nada más llegar se despidieron los cuatro, fugazmente, y Armando salió del auto, también, para acompañar a Marina hasta su portal. Tatiana obligó a Iván a aparcar el coche; quería hablar con él antes de que la acercara a casa. “No quería asustarte, baby, solo quería pasar un rato divertido contigo. Me gustas mucho”. Aquellos dardos tranquilizantes relajaron a Iván. Comenzaron a besarse, cada vez más salvajemente, hasta quedar empotrados contra la verja de los Jardines del Campo del Moro. En un rápido movimiento ella se levantó el vestido y se bajó el tanga. “Métemela, por favor, aunque sea un poquito, métemela una última vez…”.


Iván se quedó mirando aquel coño pecaminoso, el coño más bonito que había visto en su vida. Infernal y paradisiaco al mismo tiempo. Vio al demonio asomando por aquella vagina y su salvación al otro lado de la calle. Tenía que elegir. Introdujo la mano en su bolsillo y sacó un billete de veinte euros.


De pronto gritó “¡taxi!” y agarró a Tatiana con fuerza, para que no escapara. El taxi se acercó hacia ellos e Iván abrió la puerta, con decisión, y empujó en su interior a aquella venezolana insaciable. Cerró la puerta, aliviado, y fue a la ventanilla del conductor. “Tome, veinte euros, llévela donde ella diga. Y buena suerte, depende de usted, esta puede ser la mejor o la peor carera de su vida”.