martes, 20 de febrero de 2018

SEXAGERACIONES. Capítulo 9. ÁTALE




“Te propongo un trato. Mañana quedamos para cenar. Si adivino de dónde eres, tú pagas la cena. Si no la pago yo. ¿Qué dices?”. Antes de que Isa contestara Armando daba por hecho el sí quiero. La química entre ellos era evidente. Palpable. Tangible. Y era el primer día de clase. Él llegó tarde, como siempre. Ella observó con regocijo cómo aquel macho cabrío irrumpía en el aula paralizando a todos, clavando su aguijón solo en ella. Isa le devolvió la mirada con orgullo, desafiante, a sabiendas de que ya había sido envenenada. Era el típico hombre cazador; por eso, para cazarlo, iba a dejarse cazar. “Joder, estoy harta de que nadie sepa de dónde soy. Ayer quedé a cenar con uno nuevo. Parecía que todo iba viento en popa; pero cuando empezamos a hablar de nuestros orígenes no daba pie con bola. Y mira que le di pistas… Así que nada, al final me fui sola, una vez más, a la cama”. “¿Tan importante es que los hombres sepan dónde naciste?” preguntó Armando sorprendido. “Te parecerá una tontería, pero sí. Me lo he puesto como medidor. Estoy tan cansada de hombres que no merecen la pena. Que me he inventado ese absurdo pretexto como marca delimitadora”.

La cita entre Armando e Isa iba a la perfección. Él, desde el principio, se creyó ganador. Infravaloró a Isabel, que era mujer, ocho años mayor y una buena estratega. Antes de cenar fueron de vinos. Entre copa y copa Isa sonsacó a Armando todo lo que quería saber de él.  Le dio el visto bueno. Un poco crío, algo perdido en la vida, pero como amante valía. Era algo más que una polla que tener que expulsar de tu cama para ir al trabajo. Era una conversación entretenida, un juguete de otra década, un polvo artístico. Porque Armando, además de un macho cabrío, era poeta. Poeta de los pies a la cabeza aunque aún no hubiese publicado nada. Porque ser poeta nunca había sido una profesión sino un estilo de vida, y Armando traspiraba locura, arte y perversión por los cuatro costados. Justo antes de que llegaran los postres Isabel le dio la pista necesaria para que el poeta se licenciara. Tuvo que regalarle una segunda oportunidad, de hecho. A la segunda fue la vencida. “Albacete, eres de Albacete” dijo el poeta, triunfal. Isabel sonrió condescendiente. “Y se creerá listo y todo…” pensó. “Lo que hay que hacer para ir acompañada a la cama…”. Pero ni por esas. El macho cabrío resultó ser una tierna ovejita en los metros finales. En el momento de la verdad. De pie, junto al portal de su casa, tras una intensa y satisfactoria sesión de besos, Isabel invitó a Armando a subir a su casa. A tomar la última. Fue ahí cuando Armando demostró ser más poeta que macho y se detractó. “Gracias por la invitación, pero hoy no. Sabes lo que pasaría si subo a esa casa…”. “Claro que lo sé, por eso te invito”. Le había invitado a subir, y a dos copas de ron, y a cenar, y a tres copas de vino… Ese polvo nonato le estaba saliendo más caro que un puto. “Verás… te va a resultar raro; pero yo, aunque parezca ser de otra manera, en el fondo soy bastante sensible y tal y… me gusta ir poco a poco. Además me pareces una chica muy interesante. No quiero que seas el polvo de una noche”. “Bueno, como quieras. Nos vemos otro día, ¿no?”. “Dalo por hecho”.

En realidad Armando no era sensible. Ni le gustaba ir poco a poco con nada. Simplemente estaba enamorado. Aún seguía pensando en Marta, su exnovia. Lo dejaron porque ella se fue a vivir a China. Nada más. Pero el sentimiento aún continuaba vivo. Armando seguía amarrado al mar del amor, a pesar de que la carne quería levar anclas. ¿Cuánto tiempo aguantaría?

Isabel era una mujer interesante, culta, facilona, viciosilla y con pasta. ¿Qué es lo que fallaba? Marta. ¿Por qué no se la follaba? Por Marta. Llevaba ya seis semanas sin ella. Seis semanas a pan y agua. Y su corazón sufría. Y su polla sufría más, acostumbrada como estaba al conejo sabroso y al buen vino. Pero después de tontear con mil y una mujeres y lograr acompañar a ciento una a su casa… siempre se echaba para atrás. “Nunca mais” se prometió Armando a sí mismo. Y acto seguido escribió un mensaje a Isabel para quedar con ella el próximo sábado. La segunda cita fue mejor aún que la primera. Ya se conocían. Isabel ya sabía de qué pie cojeaba Armando. Al menos lo intuía. No se había tragado la tontería esa de la sensibilidad. Había notado el bulto que nacía de la entrepierna de Armando cada vez que lo besaba. Lo había palpado con su muslo, con su culo, con su vientre. Armando era un salvaje recluido contra su voluntad en una reserva. Al menos su sexo lo era. Un héroe de guerra atrapado en una cárcel de alta seguridad. ¿Qué podría hacer para liberarlo? ¿Le asustaría la diferencia de edad? ¿Tendría novia? ¿Estaría enamorado?

Apenas cenaron; Isabel prefirió maridar con alguna tapita ínfima cada botella de vino que consumían. Después llegarían los chupitos. Y las copas. Lo importante era beber. Noquear por k.o. al recuerdo, que el peor de los adversarios. Cuando Armando comenzó a trabarse, Isabel decidió poner rumbo a su casa. Esta vez el poeta accedió a atravesar el umbral. Isa preparó una última copa; por apariencia más que por necesidad. Decidió retarle a un trivial. No había nada que le pusiera más cachonda que un hombre inteligente. Armando no la defraudó. Era un rival difícil a pesar de la borrachera. Cuando ganó el sexto quesito Isa no aguantaba más. Se lanzó encima de su presa y empezó a desvestirle entre besos, chupetones y arañazos. “Marineros a la mar” gritaban todos los tripulantes del sexo de Armando. Parecía que, al fin, levaban anclas. Pero de pronto un nubarrón nubló todo el horizonte. Se acercaba tormenta. Una lluvia de recuerdos inundó el cerebro del poeta y la partida se suspendió. “No puedo… en serio…”. “¿No puedes por qué? Tu cuerpo parece que dice otra cosa…”. “Ya… pero… no sé… aún no me siento preparado. Rompí con mi exnovia hace menos de dos meses y…”. Isabel se levantó del sofá y se refugió en su habitación. Estaba empezando a perder la paciencia. ¿Por qué había que pensar tanto? ¿Por qué no se podía follar por follar?

El sábado siguiente Armando trabajaba. Era recepcionista en un hostal cerca de Callao. La noche transcurría con aparente normalidad. De doce a tres un par de check in intercalados con un par de copas en el bar de abajo. Era lo bueno de ese empleo. Que podía beber. Que podía follar. Que podía hacer lo que le diera la realísima gana mientras a las ocho de la mañana cuadrara la caja y estuvieran todos los clientes contentos. A las tres y media llamaron a la puerta. Era Ramón, su amigo más alcohólico. Estaba muy muy borracho. “Tetas, quiero tetas” farfullaba ininteligible. Armando lo sentó en un sofá y le dio una botella de agua. “Follar, quiero follar” balbuceaba. “Creo que hoy no estás tú para follar. Deberías irte a la cama tío”. Ramón se levantó, tambaleante. Tras un minuto de esfuerzo, se dejó caer de nuevo en el sofá. “Tetas, tetas…”. No podía mantenerse en pie, pero tenía hambre de hembra. Ramón cogió su móvil y se lo acercó a Armando. “¡Tetas!” gritó. En la pantalla aparecía el móvil de Carmen, la última tía que se había tirado”. Armando la llamó. Le contó la situación y Carmen rehusó la ofrenda. Decía que con borrachos no. A veces las mujeres se vuelven selectivas en el momento menos oportuno.


Volvió a sonar el timbre de la puerta. Apareció Isabel con un vestido de noche, con un escote protuberante y una mirada lasciva. “Buenas noches, Armando, He venido a follarte”. “Follar, quiero follar” gritó de pronto Ramón, poniéndose en pie. “¿Y este quién es?” exclamó Isa sorprendida. “Un amigo” sonrió Armando. Volvió a sentar al beodo susurrándole que se tranquilizara. Llevó a un sofá más apartado a Isa. Comenzó a comerle la boca, para que no pudiera hablar. No quería sermones sobre el exceso del alcohol entre los jóvenes o la mala puntería eligiendo amigos. El barco del poeta estaba listo para zarpar a los pocos minutos. Con las velas izadas por completo y el ancla a punto de ser alzada. “¿Cuántas habitaciones tiene esto?” preguntó Isabel. “Treinta y cinco”. “Tiene que haber alguna libre sí sí…”. Y la había. Siempre se encontraba un lugar para pecar en ese hostal de la lujuria. “Está libre la doscientos cinco”. “¿Y qué hacemos aquí? Vamos”. “Isa, no puedo. La puerta no está abierta. Cada vez que viene un cliente, toca el timbre y yo tengo que abrirle desde recepción con el pulsador”. Isabel frunció el ceño. Luego se acercó a la mesa de recepción. Después miró a Ramón. “Pues que te cubra tu amigo un rato…”. “¿Pero tú estás loca? Si no puede ni mantenerse en pie, ni hablar… ¡si ni siquiera puede estar sentado en esa silla!”. Isabel se acercó a Ramón. Intentó levantarlo sin éxito”. Armando fue a ayudar y entre los dos lo sentaron en recepción. En cuanto lo soltaron cayó de bruces al suelo. “Joder… esto no va a funcionar” dejó escapar el poeta. “Follar, quiero follar” exclamó Ramón, que acababa de recuperar el conocimiento. “Eso queremos todos, hijo mío” dijo Isabel “pero para eso tienes que cooperar”. Volvieron a colocar a aquel saco de patatas etílico en la silla de recepción. No podían soltarlo. Sabían que se caería. “¿Y si lo atamos?” soltó de pronto Isabel. “¿Atarle? ¿A mi amigo?”. “Claro, seguro que tenéis alguna cuerda por aquí. Lo atamos unos minutos, y lo ponemos cerca del pulsador, para que pueda abrir la puerta si llaman…”. “Tetas, quiero tetas…”. Aquella noche el barco zarpó. Armando rompió la maldición y pudo navegar a sus anchas. No se escucharon más excusas, “peros” ni explicaciones. Solo se oyeron suspiros, gemidos, jadeos. Y un hilo musical que no paró de sonar en todo el hostal hasta que lo desataron. “Tetas, tetas, quiero tetas”. 




martes, 6 de febrero de 2018

QUISIERA (Poeta decadente. Séxtasis Ediciones, 2017)




Quisiera ser el lugar
en el que piensas cuando alguien
te pregunta dónde estás,
quisiera ser horizonte
entre el mar de lo que quieres
y el cielo de lo que tengas,
quisiera ser esa frase
que jamás podrá acabar
al puntuar en suspensivos…
quisiera ser un “te quiero”
en el oído con la forma
y el amor que tú prefieras.


Alberto Guerra Obispo