viernes, 18 de noviembre de 2016

JUGANDO A FUNNY GAMES (Ejercicio de creación literaria) LLUVIA




El otro día, en la Tertulia literaria "Tintos&Tinta", estuvimos jugando al juego creativo de Funny Games (Séxtasis Ediciones), que se presentará el martes 20 de diciembre a las 20:00 en el café El Despertar. Funny Games es un poemario-juego bastante polifacético. Contiene cuatro modalidades: traditional game (los juegos de cartas de toda la vida), poetry game (el poemario en sí, con cuarenta poemas de cuatro autores diferentes), war game (juego erótico-etílico para momentos de más desparrame) y creative game (el juego para potenciar la creación literaria).

Después de superar varias pruebas, finalmente, los siete concursantes logramos tener cuatro cartas en nuestro poder para crear con ellas una historia. Casualmente, a mí me tocó una carta de cada autor:

LLUVIA DORADA

Pagué el servicio,
me dijo que llovía
oro mojado.

Alberto Guerra Obispo



TATUAJE

El surco del dolor
sobre la piel de arena. 

Diego Medina Poveda




Perdí un lápiz gastado
en una playa
de Francia. Cuántas cosas,
cuántas bellezas
escribirá sin mí
en esa playa.   

Sesi García




Siempre
me 
apetece
morder
manzanas
sin 
pelar...
¿será
por
lo
del
pecado
original?

Julio Santiago



Y tras diez minutos de escritura, me salió esto: 


LLUVIA 

La conocí en la playa. Me fijé en ella por su tatuaje. Un ave fénix que crecía desde su seno izquierdo hasta la cintura. No me gustan los pájaros. Los animales en general. Pero me encanta la mitología. Si una persona se tatúa un gato o un perro es imposible que no adore ese tipo de mascota. Un ave fénix es diferente. Es un símbolo. El pájaro que renace de sus cenizas.

Empecé a fantasear intentando adivinar su historia. ¿Qué habría superado? ¿De qué clase de infierno renacería? Me fui al agua. Quería observarla desde otra perspectiva. Llevaba gafas de sol. Era imposible establecer contacto visual con ella. Me gusta entrar a las tías con los ojos. La mirada es un arma letal infravalorada por la cartera y el gimnasio. Mis ojos no son nada especiales por sí solos. Nada de azules, negros o verdes intensos. Son muy comunes. Pero los carga el diablo.

Salí del mar y fui corriendo hasta la toalla. Cuando pasé por su lado la mojé. “Perdona”. “¿Por qué tengo que perdonarte?” preguntó. “Por el agua; te he mojado sin querer”. “Me encanta el agua, más en un lugar seco como este. Viví tres años en Escocia y acabo de volver. Estoy en plena fase de adaptación al sol y el secano”. Me sorprendió su respuesta. No sospeché que fuera tan habladora. Me gustaba dejarme fluir. Y las personas afines a mi filosofía. “¿Qué es lo que más echas de menos de Escocia?”. “La lluvia”. Se quitó las gafas. Sus ojos eran dos manzanas arrancadas del árbol del pecado original. “Yo también viví en Escocia, pero solo un año”. “¿Y echas algo de menos?”. La miré con descaro. Mordí sus ojos. Degusté su lluvia. También su infierno. Pensé en un exnovio escocés. Maltratador. Agresivo. También visualicé una posible violación una noche en Glasgow, al volver de fiesta. Fantasee, incluso, con alguna muerte cercana. ¿Su madre?, ¿su padre?, ¿su pareja? Pasaron mil imágenes por mi cabeza intentando hallar su infierno personal. El lugar de donde había renacido. “La lluvia, también echo de menos la lluvia” dije mientras sentía en el pecho la primera gota de amor. 



martes, 15 de noviembre de 2016

SEXAGERACIONES - CAPÍTULO 8 - HAZME MENTIR



No había vuelta atrás. Cuando Iván introducía su mano en la cueva de las maravillas solo podía ocurrir una cosa. Él, hombre paciente y dadivoso, amaba lo tierno. Lo húmedo. Lo esponjoso. Odiaba el clima de secano y las grietas y las grutas resquebrajadas. Le encantaba chapotear en el interior de las mujeres. Entre sus musgos, líquenes y riachuelos. Era piscis. Y su signo del zodiaco le guiaba cuando osaba nadar en charcas femeninas.

Llevaba casi una semana sin adentrarse en Juanita, y eso se notaba. Él estaba nervioso, descentrado. Ella irritable y estresada. El sexo no se vende en farmacias, pero es la medicina más efectiva contra el mal del amor. Él aún no sabía si usaba de eso. Se lo habían vendido desde pequeño, como el bien más preciado del mundo. Tras dos novias reconocidas y casi un centenar de amantes, Iván se sentía estafado. Al menos, con Juanita disfrutaba del sexo. No le dejaba degustar el averno femenino con su boca, pero tampoco le importaba demasiado. Él, que era una profesional del sexo oral, había aparcado la lengua para empezar a usar la recortada. Le encantaba apuntarle en el pecho. O en la boca. A veces, cuando llegaba al límite, no tenía más remedio que disparar a bocajarro en el ombligo de la víctima. Lo hacían sin condón. Siempre le habían gustado los deportes de riesgo. Hasta que comenzó a sonar la música de las E.T.S. y tuvieron que afiliarse al preservativo. 

Llamaron a la puerta. Era Juanita. Iván le plantó un beso cuando abrió. Luego la abriría a ella. Bucearía entre sus aguas hasta llegar al jadeo que lo resume todo. O a ese aullido largo y prolongado. A veces, incluso, podría llegar a ser una pérdida de conocimiento. Una vez, Iván, consiguió que una mujer llorara tras el orgasmo. Nunca supo si de felicidad o de tristeza. Él cree que por lo primero. Hay que ser optimista en la vida. Se calzó y salieron a la calle. Iban al cine, una de las pasiones que ambos compartían. No les interesó lo suficiente ninguna de las películas que estaban en cartelera. O quizá les interesó más el sexo que llevaban una semana sin practicar. Diez minutos después estaban en la cama de Iván, completamente desnudos. Es lo que tiene el sexo nonato, al no realizarlo se expande por tu cuerpo. Te contamina de vicio y de lujuria. Cuando estás acostumbrado a follar todos los días, una semana a pan y agua te convierte en un adicto sin su dosis. Iván era un yonki de la guarrería y Juanita era lo más parecido que tenía a la metadona. Estaban los dos a punto. Calientes. En ebullición. Iván abrió el cajón de la mesilla y agarró la caja de preservativos. Estaba vacía. La tiró al suelo y cogió la otra, la del fondo. Era lo bueno de ser precavido. Siempre tenía dos. También estaba vacía. Era lo malo de ser tan despistado. Nunca tiraba los envoltorios ni las cajas de nada. Su nevera estaba llena de paquetes de donetes sin dulces, de latas sin coca cola, o de cartones de leche sin líquido. Así era Iván, y así había que quererle. Aunque en ese momento Juanita no lo hacía. Estaba histérica. Y sin condones en la costa. “¿Y tú, por qué no tienes tú?” balbuceó Iván. Tenía razón. Dos no follan si uno condón tiene. “Pues porque venía a tu casa, y sé que siempre tienes dos cajas” contraatacó. Iván se calló. Tenía una idea. Se levantó de un salto de la cama y se dirigió a la estantería. “Mira” gritó, triunfal, mostrando un preservativo con un dibujito. “¿Y eso?”. “Me lo trajo un amigo, de recuerdo de Italia”. El envoltorio del condón era blanco. Había un pinocho dibujado y una frase en inglés. “Make me lie”. Juanita no sabía inglés. Iván le explicó el chiste. Le puso el profiláctico y comenzó el primer acto. La nariz de Iván funcionaba a la perfección. La música del placer inundó el cuarto con suspiros y jadeos. El orgasmo se aproximaba. Iván sabía que iba a aguantar hasta que ella se corriera. Quería ver la cara de Juanita cuando llegara al clímax. Sentir el paraíso del placer en el infierno femenino. Ella pensaba lo mismo. Quería contemplar a Iván en su cenit. En el momento del disparo. Su misión de ese día era colmar de gozo a su pareja. Ambos dejaron sus sentimientos de lado. Solo importaba el placer del otro. Y eso en el amor se paga caro.   


Juanita pensó en fingir. Iván estaba acostumbrado a regalarle un par de orgasmos antes de correrse. Comenzó a aullar. Él sonrió satisfecho. Ahora podría usar su recortada. Pero se engatilló. Estaba tan absorto pensando en Juanita que había abandonado el placer a su suerte y se había revelado. No tuvo más remedio que fingir. Gritó, gimió, lloró. Era la primera vez que representaba un orgasmo. Ambos cayeron desplomados en la cama. Dicen que una buena actuación cansa mucho. Habían mentido como dos estrellas de teatro. Había terminado la función y no se oyó ningún aplauso. Ella mantenía congelada una sonrisa agridulce en el rostro. Él se quitó rápidamente el condón vacío y lo tiró a la papelera. Vio en el suelo el envoltorio. Parecía que el pinocho se reía de él. Quizá de ellos. Los dos habían mentido. “Make us lie”. Es lo bonito del amor. Que todo se comparte.